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16 de julio de 2018

Viajero en la sierra


La camioneta tipo van se detuvo poco más delante de nosotros. “Espero que no sea un loco” –dijo mi amiga. Yo me acerqué y le dije que si nos podía llevar, que íbamos a Oaxaca centro. Pero el hombre sólo nos miraba. “¿Para dónde vas, amigo? Nosotros queremos ir al centro de Oaxaca” –dijo mi amiga. El hombre sólo decía “ok” e hizo una seña de que nos subiéramos. Mi amiga se subió adelante con el buen hombre y yo atrás. Los asientos estaban ocupados con un montón de ropa, una malata, platos, cobijas... “Gracias amigo, me llamo Haile” –dije y le estiré la mano. “John” –contestó, sin estrechar mi mano. En el piso de la camioneta pude ver un pasaporte. El hombre no hablaba español, así que intenté hablarle en inglés. “¿Where do you go?” –pregunté, sin saber si estaba formulando bien la pregunta. “(…) pacific” –alcancé a entender. “Creo que va a recorrer toda la costa del pacifico, se nota que está viajando” –dijo mi amiga. “Ah, y ¿where you from?” –pregunté. “From Canadá. I (…) chicago (…) california, and now México” –alcancé a entender.


     “Habría sido una locura intentar caminar todo esto. ¿Ya viste cuanto llevamos? Y creímos que el próximo pueblo no estaba tan lejos” –le dije a mi amiga luego de treinta minutos subiendo la sierra oaxaqueña. John se detuvo, tomó una bolsa que estaba junto a mí y de ella sacó tabaco. Se empezó a forjar un cigarrillo. Entonces, en español intentó explicarnos que llevaba mucho tiempo conduciendo y que ya estaba cansado. “Yo manejo” –dijo mi amiga. John aceptó e intercambiaron lugares. Le presto mi trola a John para encender el cigarrillo. Voltea a verme y me dice: “¿Sabe manejar?” “Sí, claro que sabe hacerlo” –contesto. Mi amiga sólo pide un par de indicaciones para conocer el carro, que si cuál es el freno, que si cuál el clutch. “¿Puedes hacerlo?” –le pregunto. Y me dice que sí, que es la primera vez que conduce por la sierra oaxaqueña y que era algo que hace mucho que quería hacer. “Me voy a ir despacio, ¿está bien?” –pregunta mi amiga. Pero yo respondo como si me hubiera preguntado a mí. “She will drive slow” –digo con mi mejor inglés. “Va a conducir lento, ¿it´s ok?” “Yes” –contesta John y fuma de su cigarrillo. Cinco minutos después se duerme y mi amiga me cuenta su emoción por estar conduciendo esa carretera.


     Contemplo por la ventana la sierra tan verde, cubierta de niebla. Imagino a los animales y a las personas que viven por aquí, su modo de vida, sus alimentos, sus diversiones y pasiones, sus problemas y sus sueños. ¿Qué hago aquí?, me pregunto. No me pregunto cómo llegué aquí, pues era obvio que estaba caminado por la carretera sin saber a dónde estaba a punto de meterme. Tampoco me pregunto para qué estoy aquí, tal vez porque si no sé cómo llegué hasta aquí, menos voy a saber para qué estoy aquí. Ciertamente no estoy aquí para nada, no tengo ningún trabajo que hacer, estoy de paso, soy un viajero, nada más. Pero sí puedo preguntarme qué hago aquí, no sólo como actividad sino también como duda existencial. 

     Por lo pronto, me abruma la belleza de la sierra. La miro y me sonrojo y me rio. Me pego a la ventana, sacudo mi cabeza para despertar mi atención, abro todo lo que puedo mis ojos como queriendo no perderme nada, ni un momento. Una sensación de energía sacude mi cuerpo. Luego, se escapan lágrimas de mis ojos. Pienso: “en este momento y en este espacio la vida es plena, estoy gozando estar vivo”. No dejo de contemplar la sierra, los arboles de la carretera, las pocas personas. Soy un viajero que busca paisajes y experiencias sublimes, eso hago aquí, pero sin saber que aquí encontraría uno. Pienso: “sería perfecto que en todo momento y espacio pudiera mantener el estado en el que me encuentro ahorita”.


     Desde antes de aquel viaje lo sabía, pero en ese momento lo entendí. Desde entonces viajo por muchas causas y en busca de muchas cosas, pero sobre todo me interesan los paisajes. Busco paisajes porque me producen placer. Puedo viajar sin causa alguna y sin andar buscando algo, y estoy seguro que en mi camino encontraré un paisaje sublime que desborde mi entendimiento y me regocije en placer. Como la sierra, tan verde cubierta de niebla. Hay más cosas en el mundo por las cuales vale la pena existir, viajar, sentir, pensar. Pero como viajero espontáneo de lugares del mundo, el placer, el goce y la alegría que me producen los paisajes sublimes lo valen todo. Es esos momentos, vale la pena vivir.
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30 de abril de 2018

Conversaciones con Haile, el otro (7)


Cuando Haile despertó era de noche y había luna llena. Había bebido tanto posh que le costaba trabajo recordar cómo terminó acostado debajo de una banca en la calle. Tenía todas sus cosas: dinero, teléfono, mochila, drogas. Y revisando su teléfono comenzó a recordar. “No me he olvidado de ti”, decía un mensaje. “Te amo, adiós”, decía otro. “Amor, te extraño”, decía uno más.


-Una de las cosas que te motivaba a escribir ha dejado de cautivarte –espetó Haile, el otro, mientras le estiraba la mano para ayudarlo a pararse-. Ahora con la distancia, ¿sabes qué pasó?


-No sé. Y no sé si haya dejado de cautivarme… No sé por qué ni de qué estaba totalmente cautivado. Pero ya no lo siento. Y, ¿sabes? Quiero sentirlo otra vez. Porque me siento vacío, no sin propósito, más bien cómo si necesitase estar cautivado por algo o por alguien para andar esplendido en la vida.


- ¿No estás enamorado? –cuando Haile, el otro, hizo esa pregunta, Haile buscó en su mochila la mota.


     Se forjó un porro en silencio, para nada nervioso.


-Hace unos meses que terminé de una vez por todas con “la mujer”, porque hasta ahora sólo ha habido una mujer –comenzó a decir Haile mientras se prendía el toque-. Recuerdo muy bien cuando estaba perdidamente enamorado de ella, no hacía más que imaginarme una vida a su lado. Pero al cabo del tiempo el momento clásico de la relación pasó y comenzó su declive en agresiones hasta culminar en violencia, no sin antes pasar por la locura que mal soporte durante mucho tiempo. En su momento clásico andaba esplendido, nada me faltaba y quería todo.


-Qué bueno que te alejaste de ella –dijo Haile, el otro, cuando Haile le pasó el porro-. Ahora, cuéntame de Ariadna. Ya no intentas nada, ni verla en persona ni hablar con ella…


-No –interrumpió Haile-. Ella es la representación de esta cosa extraña que necesito otra vez. Cuando estaba cautivado, ¿era por ella? Creo que no, porque ni si quiera la conocía. ¿Cómo puedo estar enamorado de lo que no conozco? Ella me pareció hermosa desde la primera vez que la vi y me motivó para un montón de cosas. Pero ahora no entiendo por qué no me cautiva más. Creo -y esto puedo decirlo gracias a la distancia, querido amigo- que no era tanto ella, sino mis deseos de una mujer compañera perfecta que me apoyara en todo, le gustara todo y fuera todo. Estaba buscando eso con tanto ímpetu que lo proyecté en una chica, pero jamás lo encontré. Es, pues, “la mujer imaginaria”, como los versos del poeta.


-Entonces, permíteme el atrevimiento de llamar a esto “amor” –comenzó a decir Haile, el otro-. La plenitud, el goce, la inspiración. Pero, ¡¿por qué has dejado de escribir, de participar, de querer?! –preguntaba subiendo el tono de su voz-. Has abandonado la filosofía, has abandonado la pasión intelectual, los debates, la provocación. ¿Por qué? ¿Qué eres ahora?


-No cumplo expectativas, no hay nada de raro en eso. No cumplo ni las expectativas que tengo de mí mismo. Ya no sé quién soy, ni qué quiero.


-Estás enamorado? –preguntó Haile, el otro-.


-También la extraño, amigo. Pero me falta mucho, en verdad mucho, para ser pleno. ¿Por qué?


-Porque has cambiado mucho. Yo mismo casi no te reconozco. Conócete bien, otra vez, para componer tu camino y volverte a enamorar como en los viejos tiempos. Creo sentir tu corazón, querido amigo, y todavía no te das cuenta de lo que ahora eres. No tengas miedo, que para conocerte debes seguir viviendo.
hailecontubernio@gmail.com
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22 de marzo de 2018

(...)


Mi texto anterior (Regreso) aparece como una profecía. Hace unos días ocurrió un acontecimiento importante en mi vida. Se trata de un corte que marca el inicio de una nueva etapa, de una nueva manera de estar en el mundo. Pero esta nueva edad no inaugura nada bien, pues estoy sumido en la quiebra económica absoluta y una crisis existencial como nunca antes. Mi papá me dedicó unas palabras que me dejaron estupefacto y el futuro se me presenta incierto radical. Hay personas que ahora me acompañan, que me quieren y aun aman. En ellas me apoyo e intento trascender la crisis que me provoca llorar, que me tiene sumido en la oscuridad de mi habitación, sollozando, gritando, con el espíritu todo doliendo. Pero me duele por todo, no sólo por lo que pasó hace unos días, sino porque este acontecimiento reventó mi vida de una manera tal que ahora no sé qué. ¿Qué es lo que quiero? ¿Hacia dónde voy?

    
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5 de marzo de 2018

Regreso


Regreso a las letras como buscando refugio ante los embates de la vida. Regreso para tratar de comprender, desde la experiencia de escribir –siempre mágica, misteriosa e inquietante-, la complejidad de lo que acontece. Pero no sé cómo comenzar porque hace mucho tiempo que no escribo. Muchas veces intenté escribir como antes un cuento, una conversación, una opinión, y fracasaba creativamente. A penas escribía un par de líneas y me decía a mí mismo estúpido. Incluso no he podido escribir mis ensayos escolares, lo cual me ha llevado a reprobar. Padezco una especie de bloqueo, como si mi capacidad para escribir se hubiese esfumado y no pudiera hacerlo nunca más. Sin embargo, hoy regreso recordando lo que una vez inició la aventura de escribir: la libertad de pensar lo que quiera y, discerniendo en la acción, guiarme con plenitud en la vida.
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29 de diciembre de 2016

14 de septiembre de 2016

Conversaciones con Haile, el otro (6)


Haile se despertó en la noche. Había pasado casi todo el día vagando por las calles que caminó en su infancia. Pudo ver a viejos amigos que estuvieron con él en la escuela y visitó los lugares en los que jugaba. Pero lejos de saludar a alguno pasó rápido para que nadie le hablara. De regreso a su casa Haile sentía asco. Se dedicó a buscar en Facebook información sobre sus viejos amigos y tuvo sentimientos encontrados. Por un lado, Haile sonreía al ver sus rostros después de siete largos años, y aunque primero creyó que era felicidad, notó enseguida que sonreía por burla. Luego Haile se dio cuenta que entre ellos mantienen comunicación y que son buenos amigos. Tratando de recordar por qué se habían olvidado de él -o tal vez él de ellos- se quedó dormido. Ya despierto y sentado en una memorable banca de un parque oscuro, fumando de su pipa, imaginando la continuación de cierta conversación que sostuvo hace un año en la misma banca que ahora observa con melancolía, Haile pensó: “No se trata de misantropía, pues soy incapaz de sentir odio, se trata de asco. Me resultan repugnantes sus vidas”. 

-Es interesante que pienses así –espetó Haile, el otro, que sentado a su lado miraba la memorable banca como si de un ser querido se tratara-. Si ellos no hubieran sido cercanos a ti, te habrías dedicado a pensarlos y no a sentirlos. No habrías hecho juicio alguno que contradijera no sólo tus estudios, sino también todo lo que has aprendido. 

-Tienes razón. En la medida que algún día fueron cercanos a mí, primero los siento, luego los pienso. Acontece algo semejante con la religión. Las religiones lejanas a mi cultura intentó pensarlas y entenderlas, mientras que las cercanas, como el cristianismo, primero las rechazo con una mueca de desagrado y luego las pienso.

-A propósito, querido amigo, ¿crees en Dios? 

-Bueno, la posición más prudente con respecto a Dios es un sincero no sé. No sé, primero, como significar la palabra, por lo tanto, no sé cómo pensarla. Astutamente algunos quieren significar a Dios de muchas maneras; si la palabra es polisémica todo es más complicado. Por ejemplo, a veces dicen que Dios está en todo, y yo admiro esa forma de proceder mediante la metáfora, aunque se pueden decir muchas sutilezas. Sin embargo, no me gusta la palabra Dios ni todo lo asociado a ella. Prefiero usar otras palabras para asuntos metafísicos, pues “Dios” es poco útil. Es una palabra que a veces se usa con trampa, pues llaman Dios a esa cosa que no podemos nombrar. No necesito a ningún Dios ni me interesa “tener relación” con eso. Puedo ser más radical con los dioses de las religiones. Todos ellos me tienen sin cuidado, los rechazo, y jamás haría ritual alguno para ellos –de manera, digamos, verdadera o sincera, aunque pueda resultar limitante en ciertos estudios de orden místico-.  

-Dime, Haile, ¿por qué te resultan repugnantes tus viejos amigos? –comenzó a decir Haile, el otro-. Creo saber lo que pensarías de ellos si no hubieran sido cercanos a ti. 

     Haile sonrió. Los adivinos le parecen muy graciosos. Entre risas, dijo:

-Si tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que pienso?

-Y si tú no eres yo –dijo Haile, el otro-, ¿cómo puedes saber que no sé lo que tú piensas?

-Si yo, no siendo tú, no puedo saber que tú sabes lo que pienso –dijo Haile, recordando un viejo dialogo chino-, se deduce de ese mismo hecho que tú, no siendo yo, no puedes saber lo que pienso. 

-Tal vez no pueda saber lo que piensas pensando –repuso Haile, el otro-, pero lo sé porque siento lo mismo que tú.

- ¡Ah! –exclamó Haile-. Si sientes lo mismo que yo, ¿por qué me preguntas por qué me resultan repugnantes? 

- Porque yo siento repugnancia no hacia ellos, sino hacia ti. 

     Haile sintió que algo recorría su cuerpo. Se entristeció y pudo notar que él mismo era repugnante. Levantó la mirada y la depositó en los ojos de Haile, el otro, durante cinco segundos. Ambos intercambiaron sonrisas. Finalmente dijo:

-Si yo no fuera cercano a ti, pensarías diferente de mí, en la medida que eres como yo. 

-Ahora que tienes la respuesta, responde mi pregunta –dijo Haile, el otro-. 

-Ocurre con ellos lo que diría de cualesquiera otros. No es necesario que te explique lo que pienso de ellos, es suficiente con saber un poco de mí –por ejemplo, que estudio antropología y filosofía- para deducir lo que podría pensar. No se trata, pues, de lo que pienso, sino de lo que siento. 

-No obstante, querido amigo, esas dos cosas parecen estar relacionadas –espetó Haile, el otro-. 

-Sin meternos en ese asunto, me dieron asco mis viejos amigos. Uno de ellos, mi antiguo y muy querido amigo David, presume tener un arma de fuego larga. Nunca tuvo una vida fácil, pero sólo estudió hasta la secundaria y -si la información es verdadera- estuvo en prisión al menos un par de semanas. Sus características físicas y sociales nuevas son propias de la cultura a la que se adscribe: cejas depiladas y delineadas, cabello corto –o nulo- en los lados de la cabeza y poco cabello desde la testa a la nuca; es fanático de las motonetas y le gustan las fiestas donde se escucha música reggaetón. 

- ¿Eso te provoca asco? –preguntó curioso Haile, el otro-. 

-No. Yo rechazo esas cosas, pero no es lo que me provoca asco. Es más bien la relación entre todas esas cosas y entre los miembros de esa clase de vida.

     Haile guardó silencio. Pareció haber dado con la palabra clave. De pronto, dejó de tener sentido describir como era eso que le daba asco y comenzó a reflexionar sobre su propia vida. 

-Sabes ahora lo que provoca asco, ¿no es cierto? –dijo Haile, el otro, mientras se levantaba de la banca e invitaba a su amigo a caminar-. 

-Lo repugnante es mi propia vida –afirmó Haile con voz temblorosa, mirando el vasto cielo oscuro-. 

-David no es el único con estudios mínimos –comenzó a decir Haile, el otro-, muchos de tus viejos amigos abandonaron la escuela y se pusieron a trabajar. Muchos de ellos también tienen hijos, beben y fuman marihuana todos los viernes y sábados…

- ¡Y son felices! –exclamó Haile-. Éste es justo mi problema. Parece que su vida es mejor que la mía porque yo no soy feliz. ¿Por qué mi ex amigo el chukilukii ukiluky (¿sic?) es más feliz que yo? 

-Tú no eres ellos, amigo –dijo Haile, el otro, como regresándole la objeción del dialogo chino-. No puedes saber si son más felices que tú. Pero tampoco sabes quién eres, tal vez no terminas de aceptarte, y por eso no eres feliz. 

     Haile pensó para sí mismo: ¿Qué debo hacer? Si todo marcha bien…

-Hay un par de cosas que no marchan bien –interrumpió Haile, el otro, como leyendo los pensamientos de Haile-. No enunciaré los problemas, sólo dime qué piensas hacer.

     Haile sonrío. 

-No puedo, querido amigo. Sería como decirte cómo voy a vivir.

Twitter: HaileEspino
hailecontubernio@gmail.com 

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1 de agosto de 2016

Breves notas mirando el mar


En una noche lluviosa como ésta –pero lloviendo en mi imaginación-, hace cuatro o cinco años, poco importa el tiempo, escribí mirando cierta bahía oscura unos versos cuyo contenido quemé llorando. Lo que ahora escribo en extrañas e inéditas hojas blancas es, tal vez, los versos que perdí. Confío en que éstas, como yo mismo, no se terminen incendiando. Sin embargo, escribo con el espíritu ardiendo y soy tan necio queriendo un corazón bello que, temo, me terminaré consumiendo. 

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24 de marzo de 2016

Conversaciones con Haile, el otro (5)


En un misterioso lugar rodeado de árboles y césped, agotado de la larga caminata hacia el cielo, Haile se dejó caer de espaldas sin despegar la mirada de las vastas nubes. Cerró los ojos durante varios minutos y respiró con placer. Escuchó insectos y aves, reconoció el aroma de la tierra húmeda, sintió el suave viento en su cara y su corazón palpitar. Haile pensó que justo en ese momento podía decir que está viviendo.

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23 de noviembre de 2015

4 de octubre de 2015

Conversaciones con Haile, el otro (4)

Durante el paseo en calles memorables, viviendo los recuerdos, lloviendo en su vida, Haile pensó: No hay paz en mi espíritu. Me he esforzado en mantener la tranquilidad  y siempre algo me angustia, pierdo el orden. He leído y seguido los pensamientos de muchas ilustres mentes; he llevado –aún incluso sin saberlo- a cabo las propuestas de aquéllos y, quizá en virtud de que es un ejercicio espiritual, no he logrado la paz interior. Llega un momento en el día que mi felicidad es interrumpida por la melancolía, dejo entonces de sonreír y bromear para estar en ese extraño estado en el que duele todo el cuerpo.

-Pienso que las ideas que habéis leído y seguido no son para la paz interior, sino para inquietar, por la naturaleza de los problemas de los que se ocupan, vuestro espíritu –espetó Haile, el otro, luego de escuchar el lamento-.  Pregunta clásica: ¿es éste el mejor de los mundos posibles?

-Pienso que tienes razón –cedió Haile-. Sin embargo, la finalidad estriba en el cambio de vida hacia la sugerida, pues no todas las ideas son mera abstracción. Ahora, desde luego que no es el mejor mundo posible, pero ese mundo es imaginario ya que vivo en sociedad.

-¿Qué puedes hacer para que tu mundo se acerque al mejor de los posibles? Y no me refiero a las sociedades, sino a tu vida.

-No puedo hacer de la vida poesía…

-A veces la poesía duele como la vida.

     Los labios de Haile comenzaron a temblar y Haile, el otro, vio que unas lágrimas brotaban de sus ojos tristes.

-Soy una basura –comenzó a decir Haile, parecía sumergirse en su memoria- Casi no tengo amigos. Quizá sólo tenga dos o tres amigos que no se ocupan de mí. No soy el mejor amigo de nadie. Soy un asco. Durante años he tratado a las personas que me quieren como si yo no las quisiera, como si no amara. ¿Cuántas perdidas por culpa de mi estupidez? ¡No quería hacer daño! ¡Era egoísta! ¡No pensaba en los demás! Siempre me importó más el pensamiento correcto. Volqué toda mi atención a la razón y así viví.

-¿Y ahora? –preguntó Haile, el otro, sabiendo de antemano la respuesta-.

-Este año ha sido el más grande de todos y aún falta para que termine. Este año aprendí la lección más importante de mi vida: lo importante no es el pensamiento correcto, sino la acción correcta.

-¿Tienes presente que la acción correcta va de la mano con el pensamiento correcto?

-Desde luego, pero la primacía del pensamiento sobre la acción correcta conduce a justificar acciones incorrectas.

-Bien dicho –señaló Haile, el otro-. Por cierto, dime Haile ¿qué inquieta vuestro espíritu?

     Haile abrió los ojos como platos. Permaneció en silencio unos segundos y comenzó a llorar. Haile, el otro, lo abrazó.

-Me siento terrible. Justo en este momento la vida no es bella. Más que inquietar me duele el espíritu, amigo.

-¿Qué ocurre? –preguntó suave Haile, el otro, sin dejar de abrazarlo.

-Ante la perdida del amor, la idea de la muerte -dijo.

     El resto lo conversaron en silencio, como si fuera un secreto. 

    @HaileEspino
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21 de agosto de 2015

21 de junio de 2015

Conversaciones con Haile, el otro (3)

En un lugar oculto de algún cerro misterioso, abrazado por las nubes, pipa en mano, brazos cruzados, memoria viva, Haile pensó: el destino no existe y el azar tampoco me trajo hasta aquí. ¿Qué me impulsó llegar hasta la cima de este cerro sino la voluntad? La combinación de azar y voluntad produce las situaciones. Las segundas oportunidades, entonces, sólo son posibles en la medida que se tiende a ciertas circunstancias. Si uno encuentra por segunda ocasión algo valioso es en parte azaroso y también voluntario, pues se imprimen energías en cosas que tienden a lo que buscamos. Sin embargo, ¿qué posibilidades existen de que una situación se produzca –con distintos elementos y una constante- de la misma forma que hace tres años, hoy día?

-La estadística sólo sirve para hacer conjeturas. Semejante tipo de análisis aplicado a asuntos sociales debería ser prohibido –dijo Haile, el otro, recargado a un costado de un árbol.

-La situación en la que estamos, si la revisas bien, es tal y como la imaginamos y contamos hace años, amigo. No la vislumbramos ni planeamos, se presentó. Es otra oportunidad de hacer lo que no hicimos. ¿Cómo puede ser eso azaroso?

-Poco falta para decir “gracias a Dios”. Planeaste el acontecimiento. Los elementos involucrados bien pudieron haber sido otros y, en efecto, sólo hay una constante. Pero fue tu voluntad lo que tiene las cosas así.

-Pero si no han hecho nada todavía –espetó Jácome detrás de ellos. Llevas años prolongando el plan con excusas, rogando comprensión y pidiendo más tiempo.

-Mi vida ha sido intensa estos últimos años –comenzó a decir Haile, como si estuviera hablando solo-. Desde luego hay cosas de las que me arrepiento y otras tantas que me alegra haber vivido. He estudiado pensamiento lucidos, he conocido personas extraordinarias y visitado lugares maravillosos; he luchado por justicia y libertad, he vivido con la mayor dignidad posible en un mundo indigno; he amado y llorado con furia, he escapado y querido sea para siempre… Recuerdo aquellos ya míticos tiempos hace cuatro años. Empapado de literatura y mí encuentro con la filosofía y la antropología. Desde entonces pensar el mundo es el pan de cada día. Recuerdo, por ejemplo, el miedo que tenía por racionalizar el mundo en cada momento, pues creía que eso le quitaría sabor a mi vida. Y así parecía ser cuando, entre risas de mis amigos en conversación mundana, yo pensaba el chiste o el comentario o la razón de ser de cualquier cosa. ¡Cuánto tiempo viviendo de este modo! ¡Cuántas justificaciones y pérdidas tuve por este absurdo argumento!

-¡Cuántas!  -exclamó Haile, el otro, como dolido de las palabras de Haile. Y ahora con qué fuerza tenemos presentes las palabras de Russell: "No hay por qué temer que, por volverse racional, uno vaya a quitarle el sabor a su vida. Al contrario, dado que el principal aspecto de la racionalidad es la armonía interior, el hombre que la consigue es más libre en su contemplación del mundo y en el empleo de sus energías para lograr propósitos exteriores que el que está perpetuamente estorbado por conflictos internos". Y es que nuestra estupidez es tal que no pudimos pensar ello antes.

-Recuerdo a un Haile siempre feliz por pensar el mundo –dijo Jácome-. Más que conocerlo, le interesaba pensarlo.

-Tal es el propósito de la filosofía –dijeron al mismo tiempo Haile, el otro, y Jácome.

-No aplazaré más nuestro plan, Jácome. Pero si haré un cambio, pues no es momento de ser cobarde. Ya no quiero que me ayudes –dijo Haile, con seguridad.

-Es lo ideal –respondió Jácome.

     Haile, el otro, entregó unas cuantas hojas en las manos de Haile. Éste sacó su celular y se dispuso a mandarle un mensaje. El viento soplaba con tal intensidad que parecía que los árboles se vendrían abajo.

-¡Ha respondido! –exclamo Haile. ¡Dice que no quiere problemas! ¡Mía es la culpa!

-Tranquilo –dijo Jácome.

-Se sincero, primero discúlpate –dijo Haile, el otro.

     Mientras tanto las nubes se comían el cerro. Extraños animales merodeaban el área. Cada minuto en espera de respuesta era eterno. Cauteloso se comunicaba con ella. La escritura limita su lenguaje.

-¡Me ha dado el número! ¡Me explicaré con ella de viva voz! –exclamó Haile emocionado.

     En ese momento Jácome y Haile, el otro, se miraron uno al otro con los ojos abiertos como platos. Había llegado la hora.

-Te has pasado la vida imaginando un momento como éste, basta ya de ser cobarde –dijo Jácome al ver como Haile temblaba con los ojos vidriosos.

     Fue Haile, el otro, quien presionó el botón de llamada. Y Haile llevó el teléfono a su oído. Pasaron seis segundos de incertidumbre.

-Bueno –dijo Ariadna. 

     Su dulce voz se hizo perpetua.

-Ho…Hola, soy Haile –dije nervioso.

-Hola –respondió Ariadna.

     (...) Haile recordó, con los ojos al borde de las lágrimas, la época en la que conoció a Ariadna.

     (...) 

-Si me hubieras seguido hablando, bueno, quién sabe qué hubiera pasado –dijo Ariadna.

     Estas palabras devastaron mi espíritu.

-Sí…- respondí y tragué saliva

     (...)

     Una hora más tarde, entre disculpas, cierta promesa y confesiones terminó el momento más emocionante de mi vida.

     Y regresó la locura.

-Llegó el momento que soñaste desde la primera vez que la viste –dijo Jácome.

-Pasaron cuatro años –dijo Haile, el otro.

-Es un paradigma autentico. ¿Qué pasará ahora con mi vida? 

hailecontubernio@gmail.com
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11 de mayo de 2015

Conversaciones con Haile, el otro (2)

En la habitación oscura, cómodo en su sillón, Chopin tocando, la imaginación materializándose, Haile pensó: cualquier estilo de vida que no sea filosófico es aberrante. Cuánta banalidad en este efímero mundo. Vivo en un breve periodo de tiempo con seres repugnantes y azarosos en un espacio limitado hasta la obscenidad. La vida de mis contemporáneos me da lástima. No quiero veros, me provocan náusea.
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26 de abril de 2015

16 de marzo de 2015

5 de marzo de 2015

Conversaciones con Haile, el otro


Con la cabeza en alto, expulsando el humo de tabaco de su pipa, cómodo en su sillón, Haile pensó: lo que hay que abolir es el trabajo. ¡Cuán felices son aquéllos en cuyas sociedades el trabajo es voluntario! La etnografía nos muestra culturas que…

-Espera un segundo –espetó Haile, el otro, que sentado en la cama leía a Henry Thoreau-. No puedes afirmar la felicidad de otro en un contexto que ignoras. Vuestros significados están sujetos a la cultura, jamás son universales; tal es la premisa antropológica.
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27 de mayo de 2014

Un muchacho

Hace algunas semanas mentí en el trabajo para que me dieran vacaciones. Dije que tenía que ir a hacer un trabajo de campo a Juchitán, Oaxaca, para estudiar la resistencia de los nativos al imperialismo. Mientras tanto, en la universidad padezco decepción. Este semestre las clases son penosas, los profesores no pueden exponer ideas sin tragar saliva y, aunque promueven la opinión crítica del alumno, ellos son inamovibles como autoridad: su opinión es indiscutible menos por correcta que por miedo. He tratado de acabar con su autoridad tratándolos como iguales. No escribo sus tareas y muestro que en la discusión el texto –cuyo contenido estoy seguro leen hartos- es irrelevante. En una ocasión le pedí a una maestra que me dejara echarle un vistazo al ensayo de mis compañeros, ya que jamás los revisamos en clase y la reflexión escrita lograda, si no fue compartida para ser discutida, no sirvió para nada. Me negó los textos argumentado privacidad. Primero ella tenía que pedir permiso al grupo, cosa que jamás hizo. ¿Para qué quieren entonces un ensayo de veinte páginas? ¿Para una colección privada? ¿Para enseñar a escribir? Si es para esta actividad desarrollarán estrés y fastidio. Pero claro, para ellos debe ser una bonita forma de enseñar. Seguro les ha funcionado, así aprendieron a escribir. En lugar de fomentar esta actividad del espíritu mediante la lectura libre y la redacción ligera de textos, señalando errores y aciertos para motivar –que no obligar- al alumno a ensayar cosas más grandes, prefieren el adoctrinamiento, vigilar y castigar, competir, calificar para rebajar y exhibir frente al otro. El otro día en un ensayo desobedecí al maestro al escribir sobre un tema pero sin la opinión de la autora establecida por él. Escribí sobre lo que el profesor quería pero sin la referencia que quería. ¿Por qué limitar mi libertad de expresión y creatividad? Puedo hacer mejores cosas si reviso a otros autores, no me alejo del tópico, sino que abundo en él. Desde luego, el sujeto al ver quebrantado su orden calificó  con un “?”  mi trabajo. El tema era el mismo, pero visto desde más lugares. En suma, realizó un comentario al final de la clase: “No recibiré trabajos en los que me citen autores que no estamos viendo y se desvíen del tema que tratamos”.  Lo que hace divertida a mi universidad y carrera es la discusión libre sobre asuntos que inquietan nuestros espíritus. Yo voy a la universidad porque ahí se concentran mis colegas y amigos cuya fascinación por el conocimiento comparto. Sin embargo, voy a la escuela porque quiero saber y discutir más de lo que puedo encontrar en un libro, origen éste de mi curiosidad, no porque quiero un trabajo bien pagado. Esa idea me causa repelús. El debate con mis amigos no tiene límites: el color, el psicoanálisis, la astronomía, la química, la obra de Borges, el capitalismo, la fantasía, el activismo, el zapatismo, palestina, el sonido, el petróleo, el ser, la luz, etcétera. No importa que estudiemos –de manera específica en la universidad, pues la palabra estudio es más amplia- antropología. En los libros hayamos el saber y lo disfrutamos sin la necesidad de acudir a los salones. Más aún: la escuela está en cualquier lugar donde se distribuya y discuta el conocimiento, en cualquier lugar donde aprendemos el uno del otro. Yo no quiero poder. Algunos van a la universidad porque quieren un empleo donde ganen mucho dinero. El dinero es poder. Yo no quiero poder, sino libertad.  

     Gabriel Zaid escribe en Un muchacho catalán (disponible aquí) –pequeño texto con la calidad acostumbrada en toda su obra- su experiencia con Ricardo Mestre, un libertario sin credencial. “No trataba de llegar al poder, sino a la libertad (…) Su fe en la discusión, los libros y la prensa como vías libertarias me impresionó, más aún porque su escolaridad era mínima. Me hacía ver la contraposición entre dos instituciones afines y opuestas: la lectura libre y la universidad. La escolaridad está en la tradición del saber jerárquico, vertical, transmitido desde arriba, acreditado por una autoridad que expide credenciales. La lectura libre es una discusión entre iguales, que se va extendiendo: un saber crítico, horizontal, abierto y sin credenciales, donde la única autoridad que importa es la autoridad moral”. ¡Ay! Ya casi no hay hombres así. Uno debería tomarse su tiempo para “estudiar” una carrera. Sin presiones. Si vuestros padres, querido lector, te obligan a terminar tu carrera al tiempo y excelencia burocrática, no te aman. En todo caso, ¿para qué estás “estudiando”, o mejor dicho, para qué vas a la universidad a hacer tareas? ¡Ajá! ¿Quieres dinero, verdad? Te descubrí. Sí, sí, te gusta tal cosa, pero más aún el dinero.

    Desobedezcan y enfrenten a sus profesores. Que la escuela sea una discusión de iguales, no una subordinación jerárquica.  Hagan preguntas como si su vida dependiese de no saber de qué se trata la clase. Lean mucho, miren televisión. Piensen el mundo. Ama… mucho.


     ¡Haile! ¡Haile! Escúchame, imbécil. Pon atención que trtheurfvhn. Se valiente. Sé frío. Te has vuelto una princesita. Me das asco. Pareces un cerdo. Estás cada vez más gordo. Eres un esclavo. No te perteneces. Tu ser muere. Sldfadfdfa  dd d dpdc. No llores. Pedazo de mierda. Assadfsfdfgerhoticvklbmv5402. Sí, bueno. Eres tu poesía y tu filosofía. 


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