24 de marzo de 2016

Conversaciones con Haile, el otro (5)


En un misterioso lugar rodeado de árboles y césped, agotado de la larga caminata hacia el cielo, Haile se dejó caer de espaldas sin despegar la mirada de las vastas nubes. Cerró los ojos durante varios minutos y respiró con placer. Escuchó insectos y aves, reconoció el aroma de la tierra húmeda, sintió el suave viento en su cara y su corazón palpitar. Haile pensó que justo en ese momento podía decir que está viviendo.


-Y no te olvides de vivir –espetó Haile, el otro, recostado junto a él-. ¿Cuánto tiempo dejas pasar antes de recordar que deberías estar viviendo? ¿Cuántas noches, ya acostado y listo para dormir, te puedes decir a ti mismo que has vivido? 

-Semejante exigencia tiene sus problemas –contestó Haile sin abrir los ojos-. Pretender vivir a cada minuto en una sociedad que se dedica a olvidar la vida no es sencillo. La cotidianidad me absorbe con fuerza, pero la consciencia filosófica, de no olvidarme de vivir, también está presente. Ésta requiere voluntad -consciencia precisamente- mientras me desenvuelvo en el repetitivo día a día. 

-Pienso que esa es una virtud. Compartir el mundo monótono con los demás y tener consciencia filosófica es extraordinario.

     Haile sonrió. Sabía que la conversación se dirigía hacia la discusión de cuestiones filosóficas. Guardó silencio porque empezaba a llover.  Haile, el otro, como leyendo los pensamientos de Haile, espetó en la tranquila lluvia:

- ¿Hasta dónde tienes pensado llegar? ¿Por qué no dejas de desear a ese delicioso ser y empiezas de una vez a apreciar las delicias que ya tienes? 

-Bueno, querido amigo, todavía no me dicen que sí, pero tampoco me han dicho que no. Lo primero es porque no he preguntado, lo segundo porque me da miedo preguntar. Sobre tu segunda pregunta, bueno, pienso que es porque soy un imbécil. 

- ¿Por qué te da miedo preguntar? 

-Semejante rechazo –más probable según dicen los hechos- sería devastador para mi espíritu y el resto de mi vida. Hasta ahora, he imaginado que mi vida realmente importante y feliz comienza a partir del momento de la aceptación. ¡Qué estúpido soy! No me he preguntado por qué tengo tanta esperanza en esto… ¿Por qué esta aceptación me haría feliz? Además, de hacerme feliz, de ello no se deduce que sería felicidad eterna, sino más bien, tal vez, sólo plena. Entonces, la felicidad que busco consistiría no en “esta” aceptación, sino en múltiples aceptaciones de felicidad plena a lo largo de mi vida.  

- ¿Qué dices? ¿Qué con sólo ella te estarías olvidando de vivir?

 -Sin embargo, no estoy más que conjeturando –dijo Haile sin hacer caso a lo que Haile, el otro, preguntó-. No puedo saber que esto produce aquello hasta no presenciarlo. No creo tener suficiente evidencia empírica en mi vida como para concluir bien. Lo que sé es que los fugaces encuentros son llenos de gracia. Imaginar una vida sin los fugaces encuentros es una desgracia. Aspiro, entonces, a perpetuar la gracia, a hacer el encuentro eterno. 

- ¿Sabes, Haile? –comenzó a decir Haile, el otro, mientras la lluvia golpeaba su rostro- Pienso que éste no es un asunto de relaciones (que, si entendí bien, dices es lo importante), sino de contenido. En efecto, estoy de acuerdo en que, en caso de hacerte feliz que te acepten, no se deduce de ello felicidad eterna. Pero nada te garantiza eso, amigo, sólo tú puedes garantizar tu felicidad. Ahora bien, he notado que otras te hacen feliz, pero siempre en el fondo de la imaginación está ella. No podrás disfrutar cada momento, no podrás vivir cada instante de manera plena, si no terminas de una buena vez con esta incertidumbre. Y se debe a los míticos orígenes de su encuentro y sus consecuencias el hecho de que este contenido no sea contingente. 

-La incertidumbre es el miedo. Después de ella no sé qué será de mí. ¿Saldrá de lo profundo de mis deseos, de mi imaginación, si por fin soy rechazado con todas sus letras y no sólo de manera sugerente? 

-La pérdida del orden es el origen de la angustia –dijo Haile, el otro, mientras la lluvia se tornaba cada vez más fuerte. - Pero ¿si te aceptan? 

     Haile se incorporó. La lluvia impedía ver la ciudad y todo él estaba empapado. Se sentía vivo, libre, feliz. Por fin, como mirando algo dentro de sí, dijo:

-Me preguntabas hasta dónde pienso llegar con todo esto. Bueno, no sé. Hace años pensé que todo había terminado, pero no había sino comenzado. Por lo pronto, alcanzo a vislumbrar un producto del espíritu que espero sea mi boleto de entrada a su corazón. 

- ¿Es esta obra tu última carta? –preguntó Haile, el otro, con unas extrañas e inéditas hojas en sus manos.

-No sé. La verdad, no creo tener límites. 

hailecontubernio@gmail.com 
@HaileEspino
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