En un misterioso lugar rodeado de árboles y
césped, agotado de la larga caminata hacia el cielo, Haile se dejó caer de
espaldas sin despegar la mirada de las vastas nubes. Cerró los ojos durante
varios minutos y respiró con placer. Escuchó insectos y aves, reconoció el
aroma de la tierra húmeda, sintió el suave viento en su cara y su corazón
palpitar. Haile pensó que justo en ese momento podía decir que está viviendo.
-Y no te olvides de vivir –espetó Haile, el
otro, recostado junto a él-. ¿Cuánto tiempo dejas pasar antes de recordar que
deberías estar viviendo? ¿Cuántas noches, ya acostado y listo para dormir, te
puedes decir a ti mismo que has vivido?
-Semejante exigencia tiene sus problemas
–contestó Haile sin abrir los ojos-. Pretender vivir a cada minuto en una
sociedad que se dedica a olvidar la vida no es sencillo. La cotidianidad me
absorbe con fuerza, pero la consciencia filosófica, de no olvidarme de vivir,
también está presente. Ésta requiere voluntad -consciencia precisamente-
mientras me desenvuelvo en el repetitivo día a día.
-Pienso que esa es una virtud. Compartir el
mundo monótono con los demás y tener consciencia filosófica es extraordinario.
Haile
sonrió. Sabía que la conversación se dirigía hacia la discusión de cuestiones
filosóficas. Guardó silencio porque empezaba a llover. Haile, el otro, como leyendo los pensamientos
de Haile, espetó en la tranquila lluvia:
- ¿Hasta dónde tienes pensado llegar? ¿Por qué
no dejas de desear a ese delicioso ser y empiezas de una vez a apreciar las
delicias que ya tienes?
-Bueno, querido amigo, todavía no me dicen que
sí, pero tampoco me han dicho que no. Lo primero es porque no he preguntado, lo
segundo porque me da miedo preguntar. Sobre tu segunda pregunta, bueno, pienso
que es porque soy un imbécil.
- ¿Por qué te da miedo preguntar?
-Semejante rechazo –más probable según dicen los
hechos- sería devastador para mi espíritu y el resto de mi vida. Hasta ahora,
he imaginado que mi vida realmente importante y feliz comienza a partir del
momento de la aceptación. ¡Qué estúpido soy! No me he preguntado por qué tengo
tanta esperanza en esto… ¿Por qué esta
aceptación me haría feliz? Además, de hacerme feliz, de ello no se deduce que
sería felicidad eterna, sino más bien, tal vez, sólo plena. Entonces, la
felicidad que busco consistiría no en “esta”
aceptación, sino en múltiples aceptaciones de felicidad plena a lo largo de mi
vida.
- ¿Qué dices? ¿Qué con sólo ella te estarías olvidando de vivir?
-Sin embargo,
no estoy más que conjeturando –dijo Haile sin hacer caso a lo que Haile, el
otro, preguntó-. No puedo saber que esto
produce aquello hasta no
presenciarlo. No creo tener suficiente evidencia empírica en mi vida como para
concluir bien. Lo que sé es que los fugaces encuentros son llenos de gracia. Imaginar
una vida sin los fugaces encuentros es una desgracia. Aspiro, entonces, a
perpetuar la gracia, a hacer el encuentro eterno.
- ¿Sabes, Haile? –comenzó a decir Haile, el
otro, mientras la lluvia golpeaba su rostro- Pienso que éste no es un asunto de
relaciones (que, si entendí bien, dices es lo importante), sino de contenido.
En efecto, estoy de acuerdo en que, en caso de hacerte feliz que te acepten, no
se deduce de ello felicidad eterna. Pero nada te garantiza eso, amigo, sólo tú
puedes garantizar tu felicidad. Ahora bien, he notado que otras te hacen feliz, pero siempre en el fondo de la imaginación
está ella. No podrás disfrutar cada
momento, no podrás vivir cada instante de manera plena, si no terminas de una
buena vez con esta incertidumbre. Y
se debe a los míticos orígenes de su encuentro y sus consecuencias el hecho de
que este contenido no sea
contingente.
-La incertidumbre es el miedo. Después de ella no sé qué será de mí. ¿Saldrá de lo
profundo de mis deseos, de mi imaginación, si por fin soy rechazado con todas
sus letras y no sólo de manera sugerente?
-La pérdida del orden es el origen de la angustia
–dijo Haile, el otro, mientras la lluvia se tornaba cada vez más fuerte. - Pero
¿si te aceptan?
Haile
se incorporó. La lluvia impedía ver la ciudad y todo él estaba empapado. Se
sentía vivo, libre, feliz. Por fin, como mirando algo dentro de sí, dijo:
-Me preguntabas hasta dónde pienso llegar con
todo esto. Bueno, no sé. Hace años pensé que todo había terminado, pero no
había sino comenzado. Por lo pronto, alcanzo a vislumbrar un producto del
espíritu que espero sea mi boleto de entrada a su corazón.
- ¿Es esta obra
tu última carta? –preguntó Haile, el
otro, con unas extrañas e inéditas hojas en sus manos.
-No sé. La verdad, no creo tener límites.
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