21 de junio de 2015

Conversaciones con Haile, el otro (3)

En un lugar oculto de algún cerro misterioso, abrazado por las nubes, pipa en mano, brazos cruzados, memoria viva, Haile pensó: el destino no existe y el azar tampoco me trajo hasta aquí. ¿Qué me impulsó llegar hasta la cima de este cerro sino la voluntad? La combinación de azar y voluntad produce las situaciones. Las segundas oportunidades, entonces, sólo son posibles en la medida que se tiende a ciertas circunstancias. Si uno encuentra por segunda ocasión algo valioso es en parte azaroso y también voluntario, pues se imprimen energías en cosas que tienden a lo que buscamos. Sin embargo, ¿qué posibilidades existen de que una situación se produzca –con distintos elementos y una constante- de la misma forma que hace tres años, hoy día?

-La estadística sólo sirve para hacer conjeturas. Semejante tipo de análisis aplicado a asuntos sociales debería ser prohibido –dijo Haile, el otro, recargado a un costado de un árbol.

-La situación en la que estamos, si la revisas bien, es tal y como la imaginamos y contamos hace años, amigo. No la vislumbramos ni planeamos, se presentó. Es otra oportunidad de hacer lo que no hicimos. ¿Cómo puede ser eso azaroso?

-Poco falta para decir “gracias a Dios”. Planeaste el acontecimiento. Los elementos involucrados bien pudieron haber sido otros y, en efecto, sólo hay una constante. Pero fue tu voluntad lo que tiene las cosas así.

-Pero si no han hecho nada todavía –espetó Jácome detrás de ellos. Llevas años prolongando el plan con excusas, rogando comprensión y pidiendo más tiempo.

-Mi vida ha sido intensa estos últimos años –comenzó a decir Haile, como si estuviera hablando solo-. Desde luego hay cosas de las que me arrepiento y otras tantas que me alegra haber vivido. He estudiado pensamiento lucidos, he conocido personas extraordinarias y visitado lugares maravillosos; he luchado por justicia y libertad, he vivido con la mayor dignidad posible en un mundo indigno; he amado y llorado con furia, he escapado y querido sea para siempre… Recuerdo aquellos ya míticos tiempos hace cuatro años. Empapado de literatura y mí encuentro con la filosofía y la antropología. Desde entonces pensar el mundo es el pan de cada día. Recuerdo, por ejemplo, el miedo que tenía por racionalizar el mundo en cada momento, pues creía que eso le quitaría sabor a mi vida. Y así parecía ser cuando, entre risas de mis amigos en conversación mundana, yo pensaba el chiste o el comentario o la razón de ser de cualquier cosa. ¡Cuánto tiempo viviendo de este modo! ¡Cuántas justificaciones y pérdidas tuve por este absurdo argumento!

-¡Cuántas!  -exclamó Haile, el otro, como dolido de las palabras de Haile. Y ahora con qué fuerza tenemos presentes las palabras de Russell: "No hay por qué temer que, por volverse racional, uno vaya a quitarle el sabor a su vida. Al contrario, dado que el principal aspecto de la racionalidad es la armonía interior, el hombre que la consigue es más libre en su contemplación del mundo y en el empleo de sus energías para lograr propósitos exteriores que el que está perpetuamente estorbado por conflictos internos". Y es que nuestra estupidez es tal que no pudimos pensar ello antes.

-Recuerdo a un Haile siempre feliz por pensar el mundo –dijo Jácome-. Más que conocerlo, le interesaba pensarlo.

-Tal es el propósito de la filosofía –dijeron al mismo tiempo Haile, el otro, y Jácome.

-No aplazaré más nuestro plan, Jácome. Pero si haré un cambio, pues no es momento de ser cobarde. Ya no quiero que me ayudes –dijo Haile, con seguridad.

-Es lo ideal –respondió Jácome.

     Haile, el otro, entregó unas cuantas hojas en las manos de Haile. Éste sacó su celular y se dispuso a mandarle un mensaje. El viento soplaba con tal intensidad que parecía que los árboles se vendrían abajo.

-¡Ha respondido! –exclamo Haile. ¡Dice que no quiere problemas! ¡Mía es la culpa!

-Tranquilo –dijo Jácome.

-Se sincero, primero discúlpate –dijo Haile, el otro.

     Mientras tanto las nubes se comían el cerro. Extraños animales merodeaban el área. Cada minuto en espera de respuesta era eterno. Cauteloso se comunicaba con ella. La escritura limita su lenguaje.

-¡Me ha dado el número! ¡Me explicaré con ella de viva voz! –exclamó Haile emocionado.

     En ese momento Jácome y Haile, el otro, se miraron uno al otro con los ojos abiertos como platos. Había llegado la hora.

-Te has pasado la vida imaginando un momento como éste, basta ya de ser cobarde –dijo Jácome al ver como Haile temblaba con los ojos vidriosos.

     Fue Haile, el otro, quien presionó el botón de llamada. Y Haile llevó el teléfono a su oído. Pasaron seis segundos de incertidumbre.

-Bueno –dijo Ariadna. 

     Su dulce voz se hizo perpetua.

-Ho…Hola, soy Haile –dije nervioso.

-Hola –respondió Ariadna.

     (...) Haile recordó, con los ojos al borde de las lágrimas, la época en la que conoció a Ariadna.

     (...) 

-Si me hubieras seguido hablando, bueno, quién sabe qué hubiera pasado –dijo Ariadna.

     Estas palabras devastaron mi espíritu.

-Sí…- respondí y tragué saliva

     (...)

     Una hora más tarde, entre disculpas, cierta promesa y confesiones terminó el momento más emocionante de mi vida.

     Y regresó la locura.

-Llegó el momento que soñaste desde la primera vez que la viste –dijo Jácome.

-Pasaron cuatro años –dijo Haile, el otro.

-Es un paradigma autentico. ¿Qué pasará ahora con mi vida? 

hailecontubernio@gmail.com
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