23 de septiembre de 2015

Breve carta a Pierre Hadot

Las cartas más tristes son las no respondidas. Uno puede esperar años una respuesta y seguirla esperando toda la vida en dolorosa esperanza. Yo, por ejemplo, aún aguardo respuesta a una carta escrita con desesperación y amor desbordante hace tres años. Lo único que he recibido del destinatario son señales de cortesía y un misterioso interés. Aguardo también evidencia de restos de amor solicitados en una carta cuya redacción fue concebida en una montaña. Y espero -quizá más importante todavía- respuesta a cierto homenaje que mi espíritu creador no puede dejar de producir. Entiendo ahora la petición insistente de mi respuesta a una obra escrita con el corazón. Ésta no constituyó una carta, porque era un cuaderno que una linda chica llenó de notas de pensamientos sobre mí y que yo me negué a responder porque no creí tener la habilidad, pero sí el amor por aquella persona. De esto hace ocho o siete años. Desde entonces, creo, mi fascinación por las cartas. Aunque no fue sino hasta hace tres años que emprendí la redacción de una en éxtasis por la vida, las cartas me han cautivado porque en la confesión escrita, además de dedicar tiempo de sí para alguien especial, el espíritu  es plasmado con la intención de ser visto y comprendido sin ser nunca alcanzado, permaneciendo en el misterio, en el orden de las cosas excelsas. La carta es, en suma, un lugar de felicidad y confesión, de coexistencia paradójica entre tranquilidad y angustia,  de libertad y opresión donde los límites los establece uno. Mejor todavía: una carta es un lugar donde llueve.


     Luego de este acabadísimo exordio puedo decir que esta carta no es triste como las demás. El destinatario murió hace cinco años, lo que quiere decir que jamás recibiré respuesta. Menos mal. Debo añadir además que la carta es un genero que pocas veces emprendo, pero que, como la poesía, cada vez que lo hago pongo mucho de mí en ellas. Si esta carta es abierta es debido a que no considero haber escrito algo personal, al menos no como en otras, donde exhibo que soy desagradablemente sentimental. Y bueno, como el resto de textos que hay en este blog, esta carta es abierta porque soy un sinvergüenza. Ofrezco disculpas al lector.

Pierre Hadot:

Con la emoción y asombro de un niño ante el mundo siempre nuevo que lo rodea leí sus libros. Ha sido una experiencia estética indescriptible pasear mi pensamiento por la vastedad del suyo. Su prosa es sencilla sin perder el rigor en la exposición y la claridad esplende en todo momento. No ha habido un sólo párrafo, una sola frase, que no haya sido expuesta de esta manera, lo que otorga mayor riqueza a sus estudios de la filosofía antigua. Lejos estoy de ser un experto en la materia, pero su posición acerca de la filosofía ha cambiado mi manera de ver no sólo dicha disciplina, sino la vida.

     Sucede a menudo que el hecho de querer ejercitarse en la filosofía es ya un cambio en la vida de una persona, pues contiene implícita la sugerencia de la que hablaba Kierkegaard, la sugerencia de una forma de vida distinta. Sin embargo, esa sugerencia es el comienzo del interés sobre los problemas de los que se ocupa la filosofía y que conducen a pensar que ésta es únicamente la construcción y estudio de un sistema de pensamiento. Pero como bien ilustró usted, concebir la filosofía como sistema de pensamiento no ha sido siempre la constante. Sin que la idea de filosofía como forma de vida haya desaparecido hoy día, poco a poco se comenzó a tomar distancia de esta postura hasta que ya casi nadie habla de ella, ocupándose los estudiosos de la filosofía –que no filósofos-  de los “sistemas de pensamiento”. No digo, como usted tampoco quiso decir, que estos estudios sean inútiles, son de hecho necesarios e importantísimos. Lo que quiero señalar es que usted ha hecho mirar a sus lectores otra manera de estudiar la filosofía y convertirnos en filósofos. En este sentido suscribo el comentario de otro: usted ha cambiado mi vida.

     Basta leer su ¿Qué es la filosofía antigua? para hacer el llamado a una forma de vida filosófica y querer dedicarse a ella a pesar de las dificultades. Confieso que pensé mientras leía su libro y me adentraba a los maravillosos ensayos de  Ejercicios espirituales y filosofía antigua: filosofar, no, ser filósofo es imposible. ¡Qué pesimismo el mío! Luego caí en cuenta, mientras avanzaba y estudiaba, que no es imposible, sólo excelso y extraordinario. Por cierto, su texto ¿Es la filosofía un lujo? es la mejor defensa del estudio de la filosofía en la universidad que se ha escrito. Además, permítame la apreciación, su análisis de Sócrates está a la altura de los análisis de  Nietzsche y Kierkegaard, y serán necesarios en cualquiera buena y completa interpretación que de él y la obra de Platón  se quiera hacer. Usted también me introdujo a Epicuro, Marco Aurelio y los estoicos y –especialidad suya- Plotinio con tal brillantes que volqué toda mi atención hacia la filosofía antigua, hecho que me parece no habría ocurrido siendo introducido por otros que quisieran encontrar, por ejemplo en Marco Aurelio, un “sistema de pensamiento”. Y habría sido excitante que el diálogo con Michel Foucault prosperara. Quizá (quizá) todo habría desembocado en un libro conjunto que sólo existirá ahora en mi imaginación.

     Sin querer señalar más, pues todavía estoy haciendo notas sobre su obra que espero alguna vez en mi blog publicar, me despido. Esta carta responde a una íntima necesidad de agradecimiento. “Emprenderé el vuelo cada día".

     Gracias, Pierre Hadot.

hailecontubernio@gmail.com
@HaileEspino
Compartir en:    Facebook Twitter Google+

0 Comentarios:

Publicar un comentario