Hay que hacer de la vida poesía (1)
Repantigado en el mullido sillón de su pequeñísima habitación, con el pecho palpitándole, Haile pensó: la filosofía es, en primera y última instancia, una forma de vida. Haile no recuerda su encuentro con el pensamiento filosófico. Quizá recibía referencias de éste en sus lecturas –capitales en su vida- de Hermann Hesse. Cuando él se dio cuenta ya estaba inmerso en su estudio. Fue eso lo que llevó su interés a la antropología. Sin embargo, un eminente erudito (cuya obra principal Haile leyó con los pelos de punta) iluminó el recuerdo de su encuentro con la forma de vida filosófica. En ese entonces Haile no sabía lo que ocurría. Y en realidad, siguiendo la experiencia puedo remontarme hasta muchos años atrás, cuando de niño me fascinaron las estrellas y mi papá me hablaba del cosmos con tal pasión que me decidí a ser astrónomo. El eminente erudito, siguiendo a Romain Rolland, llama a esta experiencia “conciencia cósmica”. Pero lo que experimenté de niño con respecto al cosmos es algo que en cierta medida le ha ocurrido a todos: maravillarse con la naturaleza. Haile y Pierre Hadot (el burro por delante) se refieren más bien a ese sentimiento de ser uno con todo, de “estar presente aquí y ahora, en medio de un mundo intensamente existente (…) sentimiento de una copertenencia esencial entre yo mismo y el universo” (M. Hulin , La mascara salvaje, pag. 48). Pierre Hadot comenta: “Lo que es capital es la impresión de inmersión, de dilatación del yo en Otro al que el yo no es extraño, ya que es una parte de él” (Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida. Conversaciones con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson, pag. 29). Esta experiencia, esta conciencia cósmica, la descubrí un día azaroso que mi espíritu se encontró de frente con un ser de cuyo nombre no quiero acordarme. Desde entonces, creo, soy filosófo. Ver semejante cosa sacudió mi espíritu. El asombro y la unión con el cosmos fue absoluto. Nada es ajeno y la soledad –me daría cuenta más tarde- es imposible. No obstante (y es que Haile no dilucidó todo esto sino cinco años después), el susodicho pasó por temporadas de intensa angustia y desesperación, precisamente porque su pensamiento trataba de poner orden a su mundo. ¡Ay! ¡Su única ocupación era vivir! Se sentía tan cercano y separado de todo. La unión con el mundo era inminente, mientras que al mismo tiempo percibía su lejanía con aquel miembro de su especie. Haile pronto notó que sus contemporáneos inmediatos no comprendían la experiencia, la postura ante la vida. Y así ha sido. Evoco humilde el pensamiento de Spinoza: “Todo lo excelso es tan difícil como raro”.
La felicidad es aquí y ahora. Todas las decisiones que tomo son para optimizar mi vida en el momento. El problema de no pensar en el futuro es que proyectos a largo plazo se te vengan abajo. Se me acusa, por ejemplo, de ser indisciplinado en la escuela, lo que provocó su desplome. Haile sacó su lista de cosas que le tienen sin cuidado y notó que una de las primeras es la universidad. Respiró aliviado. Acto seguido guardó su lista y caviló: la escuela debe ser entendida como un lugar para hacer amigos con intereses intelectuales similares al propio y cuya relación enriquezca y dé placer al espíritu. En segunda instancia, debido a su carácter contingente, como un lugar para adquirir conocimientos. El conocimiento está en los libros y esplende y se fortalece en el dialogo, no está en la escuela en sí. Y por último (Haile se avergüenza y siente repelús) como medio para insertarse en el trabajo. Se me objetará con razón que, entonces y debido a mi forma de vida filosófica, abandone la universidad. En efecto, no tengo problema. He trabajado de diversas maneras, así que Haile no se va a morir de hambre ni le faltará nunca dinero. La escuela no me garantiza nada (de nada). En suma, con estudios en etnología y filosofía un empleo bien pagado es un sueño –no sólo mío, a proposito-. ¿Pero quién pensó en trabajar (los dioses me libren)? Ni siquiera asisto a la universidad porque quiero aprender filosofía o antropología, para eso están los libros. Todo lo que Haile necesita es un espacio adecuado, un mullido sillón, una taza de café, su pipa, el cuaderno de notas y un libro. Esta manera de estudiar me ha dejado más que todos los años de educación institucional juntos. Haile puede responder ante la acusación y la objeción con palabras de Mark Twain: “tuve que suspender mi educación para ir a la escuela”. Claro, Haile jamás (jamás) ha dejado de estudiar, sólo ha tenido que dejar la escuela. La oposición, lejos de ser menor, es fundamental. Ya lo había escrito antes: no quiero poder, sino libertad.
Haile encuentra un placer enorme en la sola existencia. Soy una casualidad, una contingencia abominable en un bellísimo mundo. El cosmos me tiene en su lista de cosas que le tienen sin cuidado. Soy consciente de ello, por eso cada momento es infinitamente valioso. La vida pasa mientras espero vivir, me enseñó Séneca. Todo es asombroso y casi todo hermoso. Hay que hacer de la vida poesía, decía Gabriel Zaid. Y cada vez que Haile recuerda esas palabras una lágrima resbala por sus ojos como cuando está enamorado. ¡Ay! ¡Cuántas lágrimas han resbalado los últimos cinco años!
"El cosmos me tiene en su lista de cosas que le tienen sin cuidado. Soy consciente de ello, por eso cada momento es infinitamente valioso"
ResponderBorrarY es por esto que hay que hacer de la vida poesía, no poesía con la vida...