Nota preliminar:
Cuando hace unos años cambié mi blog de manera radical se perdieron algunos cuentos que había escrito en el año 2012. Éste que presento aquí es uno de ellos. Lo encontré guardado en una vieja carpeta de cierta nube. Feliz de haberlo redescubierto, como superviviente de la muerte es una historia que quiere ser contada. No suelo comentar mis cuentos, pero esta ocasión haré una excepción por dos motivos. El primero tiene que ver con lo que para mi es la naturaleza de la literatura. Mis cuentos representan por medio de símbolos ciertas experiencias de mi vida que, no me pregunten por qué, necesito escribir. La historia no sólo quiere, necesita ser contada. Detrás de la trama de este cuento hay una historia más profunda, dolorosa, melancólica y dramática. La realidad supera a la ficción. Pero la historia narrada, digamos, sin cierta dosis de ficción, exhibe demasiado de mí y no es propio darla a conocer. No rechazo la idea, pero no será así por ahora. Para eso existe mi diario y mi cuaderno de versos. La segunda razón radica en que en este cuento puedo vislumbrar la presencia de Haile, el otro, en mi modesta obra. El contubernio se veía venir. Además, he hecho algunos retoques para que la burla del buen lector no sea devastadora. El texto se conservó como fue escrito en un ochenta porciento. Pienso que no es del todo malo, pero con derecho y quizá de manera evidente se me puede objetar lo contrario.
En una noche de tormenta
Era la peor tormenta que ha azotado la ciudad de México. Las principales avenidas están inundadas, no hay luz eléctrica en la urbe y el cierre de tiendas han provocado conflictos. El metro, principal medio de transporte de la ciudad, se ha quedado varado incluso a medio trayecto. Hay reportes de desgajamientos de cerros que se llevaron consigo cientos de viviendas. El ejército ha implementado un plan de auxilio a la población mediante helicópteros ambulancias, la policía federal intenta mantener el orden y la cruz roja brinda atención en los lugares que es posible llegar. Y poco a poco la noche se ha apoderado del cielo.
En una zona muy discreta de la capital, concretamente al oriente de la ciudad, Haile se encuentra en una pequeña habitación fumando de su pipa y descansando sobre el sillón. Meditaba en dueto con las gotas de lluvia estrellándose contra la ventana. Tenía los ojos cerrados cuando el sonido de unos pasos llamó su atención. Pero el sonido desapareció en el momento en que los abrió. Permaneció atento a cualquier movimiento que pudiera distinguir de entre el humo, y al cabo de un rato, creyendo que era sólo su imaginación, volvió a cerrarlos. Apenas pasaron unos segundos cuando escuchó un violín. La música era tan suave y perfecta que Haile no abrió los ojos hasta después de varios minutos. Pero cuando lo hizo la música dejo de existir. Miró hacia la ventana, luego hacia el techo frunciendo el ceño y finalmente bajo la mirada para permanecer pensando. Cuando se dio cuenta de que su pipa se había apagado escuchó otra vez los pasos. Sacó de su abrigo el último cerillo que quedaba y lo encendió frente a su rostro. Tenía la expresión de quien no ha dormido en días y no obstante ello parecía también asombrosamente concentrado. Su cabello estaba desordenado y poseía una barba descuidada. Sus ojos cafés recorrieron cada rincón de la habitación: humo, eso fue lo que observó. Justo cuando se disponía a reencender la pipa golpearon su puerta con violencia en repetidas ocasiones. Haile se levantó de un salto y caminó con cautela hacia la puerta. Tomó el picaporte y la abrió lentamente. En ese momento, a pesar de que nunca le ha temido a la oscuridad, sintió que su cuerpo era recorrido por la sensación más fría y horrible del mundo. Soltó la pipa de su boca, abrió los ojos como platos y retrocedió dos pasos al encontrarse de frente consigo mismo. Tropezó con algunos libros que había estado leyendo y cayó al suelo.
-Señor, ¿se encuentra usted bien? –preguntó aquel hombre.
Estrechó su mano para ayudarlo, pero Haile se negó y se reincorporó solo. Medía exactamente lo mismo que él. Llevaba puesto una gabardina negra hasta los tobillos, donde se dejaban ver unas botas cafés. Su cabello estaba peinado y no tenía barba. Sus ojos parecían descansados a diferencia de Haile y también fumaba de una pipa. Se observaron fijamente por varios segundos. Era como mirar un espejo.
-Le traje un obsequio –dijo finalmente el hombre metiendo su mano dentro de la gabardina.
-¿Quién eres? –preguntó Haile interrumpiéndolo.
-¿Que quién soy? –comentó riéndose- ¿Acaso no es obvio?
Haile permaneció sin moverse, frío y sereno.
-Yo soy tú –dijo. Y agregó sacando una hermosa pipa de cristal de su abrigo: Tenga, sé muy bien que siempre quiso una como ésta.
Haile la tomó maravillado, pues era una pipa hermosa..
-Muchas gracias, señor. Pero veo que ya está cargada, lo que quiere decir que no es nueva –dijo Haile colocándosela en la boca.
-Es nueva, sólo que había previsto sus ganas de fumar de ella. Permítame –dijo mientras sacaba una caja de cerillos. Acercó uno a la pipa y la encendió. Haile logró mantener el fuego desde el inicio.
-Es realmente buena -dijo expulsando el humo-. En verdad se lo agradezco.
-Por nada –respondió el misterioso hombre-. Ahora, hágame el honor de acompañarme.
Haile lo siguió hasta la sala de su casa. Se trataba de una habitación cuadrada. Había una pequeña mesa en el centro rodeada de varios sillones azules. Las paredes estaban llenas de libros y cuadros raros. La ventana principal era bastante grande. Tomaron asiento y fumaron unos minutos sin dirigirse la palabra. La tormenta que azotaba la ciudad pareció intensificarse. Caía granizo y se escuchaban truenos a cada rato.
-Dígame, señor ¿por qué razón dice ser yo? –preguntó Haile al cabo de algunos minutos.
-Porque sé, siento y pienso lo mismo que tú.
Haile observó con atención a aquel sujeto. Entonces pasó los siguientes minutos preguntándole cosas que sólo él sabía.
-¡Fascinante! –exclamó Haile al ver que su interlocutor respondía todo.
-Sin embargo, señor, tengo algunas preguntas que me gustaría hacerle.
-Creí que sabía lo mismo que yo –dijo Haile arrojando humo.
-Así es, y como usted también tengo mis dudas.
-¿Y cuáles son?
-Bueno, no entiendo por qué le confesó todo a Lizeth. Es decir…
Se miraron a los ojos por cuatro segundos y luego explotaron en risas. Haile bajó la mirada, como buscando algo en el suelo.
-Yo no era justo con ella –dijo finalmente, pero sin levantar la mirada. Ahora me arrepiento de haberle confesado mi situación. Quizá era el momento, no sé.
-Ella te amaba. Daba la vida por ti. Quería dedicarse a ti para siempre -dijo mirando a Haile directo a los ojos.
-Lo sé. Pero yo no sentía ni hacía lo mismo que ella.
-¿Entonces, tú no la querías?
-Claro que sí. Fue mi amiga muchos años. Pero me encontraba ocultando algo con ella.
-¿Qué? –preguntó el hombre, curioso.
-Ariadna.
El hombre se hizo para adelante, como si el nombre pronunciado provocara algo dentro de sí.
-Trataba de expulsarla de mis pensamientos. Liz era muy buena conmigo, pero en realidad en cada cosa que hacía, cada palabra que emitía, no paraba de mirarla como si fuese Ariadna.
El hombre se hizo para adelante, como si el nombre pronunciado provocara algo dentro de sí.
-Trataba de expulsarla de mis pensamientos. Liz era muy buena conmigo, pero en realidad en cada cosa que hacía, cada palabra que emitía, no paraba de mirarla como si fuese Ariadna.
-¡Oh! Ya veo.
-Estaba vestido y sentado como hoy, sólo que en su casa y ella frente a mí, cuando le confesé todo. Lo recuerdo perfectamente.
-¿Quisiera contarlo?
Haile observaba con mucha atención la lluvia y el granizo que golpeaban la ventana. Un rayo pareció caer muy cerca de ahí, pues las ventanas vibraron al escuchar un gran trueno.
-Liz me citó un sábado en la tarde, como era su costumbre, para que diéramos un paseo por Chapultepec. La noche pasada no había podido dormir. Ariadna se estaba apoderando de mí, cuando leía, cuando escribía: mientras vivía. Traté de pensar en Liz, pero Ariadna se interponía con la idea y me desesperaba. Y es que lo que sentía cuando veía a Ariadna era mucho más intenso que lo que sentía al ver y estar con Lizeth. Las diferencias eran enormes. Esa noche me bebí la mitad de una botella de vodka y fumé decenas de cigarrillos, pues aún no contaba con mi pipa. Permanecí la mayor parte de la noche en un rincón de mi habitación sumido en los más complejos pensamientos, organizando mi porvenir. Luego, durante la tarde, me bebí la otra mitad de la botella y no fui a la casa de Liz. Ella llamó a mi celular varias veces, pero nunca contesté. Pasadas las 9 pm llegué a su casa un poco ebrio. Me dejo cruzar la puerta a pesar de mi condición, a sabiendas de que suelo ser un poco idiota en cuanto a mi conducta. Se sentó frente a mí, tomó con sus delicadas manos mis fríos dedos y me preguntó -con la voz más suave y dulce que puedas imaginar- que qué me ocurría.
“-Puedes contarme lo que sea, sabes que estoy contigo para todo –agregó acariciando la palma de mi mano.
Yo pronuncié su nombre y luego me perdí entre sus ojos verdes como niño en un bosque. De pronto, mirando mi figura a través de sus pupilas, apareció Ariadna.
-Liz, no puedo seguir contigo –dije sacudiendo la cabeza.
-Pero, ¿por qué dices eso?
-Porque no eres Ariadna –le contesté con firmeza.
Me observó sorprendida algunos segundos. Luego desvió la mirada hacia su habitación.
-Haile… debiste decírmelo antes –dijo con la voz entrecortada, y podía ver algunas lágrimas en sus ojos.
-Es imposible, Liz. No me mereces –arremetí sonriéndole y, tropezando, salí de su casa.”
La lluvia seguía cayendo con gran intensidad. Se oían los constantes poderosos truenos y el golpe musical del diluvio. Haile escuchó la campana que funciona como timbre en su casa. Estaba narrando esa breve historia con la vista fija en el suelo, mirando pocas veces a su interlocutor, pero cuando levantó la mirada al escuchar la campana frente a él ya no estaba el otro. De pronto comenzó a sentir un insoportable dolor de cabeza. Soltó la pipa de su boca mientras apretaba con las manos su frente y se tragaba gritos de desesperación. No pasaron más de tres minutos cuando, quizá presa del dolor, cayó al suelo y se quedó profundamente dormido.
Todo ese día de invierno Haile pudo ver a Ariadna caminando de la mano con un misterioso hombre. Todo comenzó en la mañana cuando al salir temprano por su periódico del sábado la vio. Como solía ocurrirle, su cuerpo se estremeció, su garganta y estomago se presionaron, su ser se desvaneció. “Ariadna ¡qué nombre tan hermoso! –exclamó para sí.” El cielo esa mañana era gris, la calle estaba totalmente solitaria salvo él, Ariadna y no sé quién. Ella, aún de la mano con aquel sujeto, miró detrás de su hombro para ver a Haile. De pronto desaparecieron entre una extraña niebla. Haile se propuso seguirlos. Luego de varios metros visualizó a Ariadna. Pero ahora estaba sola. Haile sintió una mano en su hombro. Al mirar hacia atrás se encontró con un hombre cuyo rostro le pareció conocido, pero no logró descifrar de quién se trataba. Se quitó de encima su mano y miró hacia donde estaba ella. Ella, sin embargo, ya no estaba ahí. La niebla parecía disiparse como la ilusión de Haile. No obstante, muy a lo lejos se podía ver su hermosa esencia caminando. El hombre que había tomado su hombro había desaparecido con la niebla. Y él, un poco asustado y muy extrañado, puso los pies en polvorosa. Corría para alcanzar a Ariadna, y a pesar de que la veía caminando no la alcanzaba. “¡Ariadna! ¡Ariadna!” gritaba sin ser escuchado. Pronto se quedó sin energías y se recostó en el suelo. No había personas en las calles, pero tuvo la impresión, antes de quedarse dormido, de que alguien lo observaba. Soñó que estaba en la calle Magnolia. (¿O era el jardín de magnolias?) Haile vestía formal, pantalón negro, camisa blanca y corbata azul. Su cabello estaba arreglado y hasta olía bien. Estaba dispuesto a confesarle su amor a Ariadna y entregarle una carta para luego no verla jamás. La puerta principal se abrió y de ella salió Ariadna vestida con un hermoso vestido rojo. Su cabello estaba perfectamente bien peinado, sus ojos brillaban y su sonrisa podría haber hecho temblar a cualquiera. Haile la miró sorprendido, pudo haber jurado que tenía frente a sí a Dios.
-Ariadna… -dijo mirándola de arriba hacia abajo- luces preciosa.
Ella se ruborizó, a Haile le encantaba ver así sus mejillas.
-Ari, yo… -pronunció Haile tímidamente y luego miró profundamente sus ojos.
-¿Sí?
-Me encantas –soltó con voz temblorosa. Sus ojos brillaban como el sol, estaba mirando a Dios-...
-Haile -pronunció Ariadna posando sus dulces ojos en él. Se acercó lentamente- yo...
Cuando sus labios se rozaron Haile despertó. Una gran cantidad de personas lo observaban. Ariadna estaba parada junto a él vestida como en sus sueños, y cuando estiró la mano para ayudarlo, Haile despertó. Estaba en la sala de su casa tirado en el suelo. Aún eran altas horas de la noche y seguía lloviendo. Al mirar a su alrededor, observó que un viejo sobre estaba debajo del librero más grande. Lo levantó y vio, mientras su cuerpo era invadido por la más intensa melancolía, que decía:
“Para Ariadna. Favor de respetar la privacidad de esto”
Abrió el sobre que contenía la carta que Haile le escribió a Ariadna cuando era joven. Entonces buscó más cerillos y se dirigió a su habitación. En la más completa oscuridad y sumido en la soledad miró por última vez la carta. Con lágrimas resbalando por sus mejillas le prendió fuego a la misma.
La última vez que Haile fue visto caminaba en medio de la tormelnta. Se dice que una chica muy linda iba tomada de su brazo. Pero nadie sabe por qué.
hailecontubernio@hotmail.com
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