En
mi casa me dicen Sherlock. Tengo tres hermanos mayores que juegan mucho
conmigo. El mayor se llama Lao-Tsé, es amable y tranquilo; luego está Tigrito,
él es un viajero y dicen que es muy guapo; por último está mi hermano Protesta,
dice que lucha por la libertad y es muy inteligente. A mí me encanta comer,
explorar la noche y poner atención al mundo. Pero lo que más nos gusta en el
mundo es haraganear y dormir.
A veces vamos todos con nuestro amigo
Haile. Es muy bueno, siempre nos tiene comida y deja que durmamos en su cuarto.
Lo único que le molesta es que toquemos sus libros. Nos gusta estar con él porque
platica con nosotros. Siempre habla de cosas interesantes. Una ocasión nos contó
sobre el universo y lo insignificante que somos todos en el tiempo y el
espacio, por eso –dándonos un beso en la frente- nos dijo que siempre disfrutáramos
de la vida. También nos habló sobre el amor, nos dijo que para explicarse las
palabras se quedan cortas. Yo no entendí, no sé leer libros. Pero
sin duda su tema favorito es la filosofía, que no sé por qué a veces la llama
poesía o antropología.
El otro día que estaba en su habitación
escuché una conversación que mantenía con una persona idéntica a él. Tenían el
mismo olor y apariencia, así que en realidad no fue necesario distinguir. Uno
leyó algo de unas cuentas hojas que tenía en la mano y cuando el otro escuchó
las palabras resbaló una lágrima por su mejilla izquierda. Yo tenía mucho
sueño, así que bostecé y me quedé dormido. Soñé que me comía un pez gigantesco
y que aprendía a leer los libros de Haile.
Cuando desperté ya no estaban en el cuarto.
Las hojas que habían leído estaban en la cama. Tigrito las estaba examinando.
-¿Qué
es, hermano? –pregunté.
-Una
declaración de amor escrita con dolor y desesperación –respondió sin mirarme.
-Necesidad
desbordante –irrumpió Laó Tsé.
-Una
vez Haile me contó que de no haber escrito esa carta habría acabo por
suicidarse –reparó en decir Protesta.
-Sin
embargo sabemos que le gusta exagerar las cosas. Él toma en serio lo que vale
la pena y se ríe de lo demás –aseguró nino, nuestro papá.
-Se
ríe de la muerte, no de la carta. Ahora, si Haile se entera que pusieron sus
patitas en sus hojas se molestará. Vámonos ya –dijo nina, nuestra mamá.
Por la noche esperé a que todos durmieran
para salir a la calle con mi hermano Protesta. Dice que va a enseñarme cómo es
la vida gatuna de verdad, no esa porquería de ser mimado en casa.
-Cuando
bajes del árbol siempre debes asegurarte que no haya perros –comenzó a explicar
mi hermano-. No te preocupes de los humanos, son inofensivos.
Y salieron de la casa.
Y salieron de la casa.
-¿Hueles
eso, hermano? –pregunté.
-Es
Haile.
Entonces pudimos ver a nuestro amigo
caminando. Protesta me sugirió que me regresara a la casa porque lo iba a
seguir. Yo renegué porque quería aprender de la vida, como él dijo. Entonces
cedió a regañadientes y lo seguimos.
-Alerta,
Sherlock, puede suceder cualquier cosa.
Caminamos cautelosos hasta una gran
avenida donde circulaban todavía autos. Cruzamos un puente para llegar del otro
lado de la avenida. Para mí eso era otro mundo. Nerviosos seguimos caminando
detrás de él. Cada paso podría haber sido el último.
-Si
ocurre algo corremos hacía él y nos subimos a su espalda, ¿entendido?
-Sí
hermano. Haile nos protegerá.
Pasamos a un lado de la casa más grande
que he visto en mi vida. Color verde en el techo con letras enormes. Derecho,
tres calles más, se detuvo frente a una casa. Parecía nervioso, miraba hacia
todas direcciones. Una chica pasó delante de él y se metió en la casa. Lo miró
extrañada, quizá preocupada. Haile sonrío.
-Esa
chica debe ser importante para él –dijo Protesta.
-¿Y
por qué no se hablaron? –pregunté obligado.
Haile vio que estábamos casi a un lado de él.
-Protestas,
Sherlock, ¿qué demonios hacen aquí? Vamos a casa –dijo, me tomó en sus brazos y
mi hermano subió a su hombro.
Por la ventana de la casa alguien se
asomó.
-Es
complejo, Sherlock –dijo Haile, pero nadie sabe por qué.
hailecontubernio@gmail.com
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