Sobre
el contubernio puedo decir una cosa cierta: representa lo sinvergüenza que soy.
Me he releído con atención y sonrío cuando mi memoria repara en las formas
simbólicas de mis escritos. Sin embargo, al mismo tiempo sonrío porque la
calidad de mi creatividad es lamentable. Es decir, si escribo es porque
necesito escribir. No soy como el que selecciona un tema al azar o el que
espera de manera religiosa a ser iluminado. Escribir es así una actividad
íntima, de conversación conmigo mismo. Como la mayoría de lo que escribo es una
necesidad espiritual, pocas veces me detengo a pensar sobre si mi texto está a
la altura de mis propias expectativas. Y es que, en efecto, el buen lector
encontrará aquí un escritor que leyó emocionado a Borges, Joyce, Flaubert y que
leyendo sin prejuicios, digamos inconscientemente, se formó una actitud de
exigencia literaria. Ahora bien, si a esta exigencia agregamos que soy amante
de la antropología y la filosofía, creo tener argumentos para reprocharme mi
poca vergüenza. De poco me sirve ahora la graciosa justificación que el gran
Alfonso Reyes dio a Borges ante la pregunta de éste sobre por qué publicar,
donde el autor de Visión de Anáhuac
responde que publican para no pasarse la vida corrigiendo los borradores. Si
soy estricto conmigo mismo no debería publicar. Tal vez más: no debería
escribir hasta que tenga algo realmente importante que decir.
¿Cómo superar, entonces, esta tensión?
Podría decir que en la medida de que escribir es una necesidad el lector es uno
mismo, y entonces reservar para mí la vergüenza de no estar a la altura. Pero público
en este blog como pervertido exhibicionista. Y es que -salvo un par de
excepciones- cuando muestro mis cuentos no busco que el lector reconozca el valor
literario de mi obra (emprender semejante objetivo sería estúpido), sino que el
lector interesado se adentre en el entendimiento y conocimiento de mí. La
posterior aprobación y apreciación que pueda resultar de la lectura de mi obra,
si se me comunica, es un maravilloso plus que agradecería de corazón. Pero no
constituye lo fundamental, pues se deduce de lo que he dicho que escribo para
conocerme y comprender el mundo, para poner orden a los pensamientos, para
salvar los acontecimientos del olvido, para desahogar el espíritu de la experiencia
de la belleza y lo sublime que me asaltan de manera constante, como si tal
fuera mi destino. La experiencia estética está en la base de mi razón para
escribir. De pronto sucede que el mundo todo, el cosmos (“todo lo que fue, es y
será”), es motivo de asombro. El resto de cosas que de este hecho se desprenden
es mi historia.
Contubernio
es una palabra con polisemia. De sus
múltiples significados todos pueden aplicar. Las palabras y las cosas son según
sus contextos. Un discípulo le preguntó a Confucio: “Maestro, ¿cuál es el
primer deber de un gobernante? Y el sabio le responde: Devolver a las palabras
su sentido original”. Rastrear el origen de las palabras me fascina. Soy un
amante del lenguaje (un filólogo, diría Alfonso Reyes). Deseo saber cosas como
un niño. Pero el origen de la palabra contubernio no es importante para este
blog. La definición que obedezco –aquí y ahora- es la que ofrece el Diccionario
de la lengua española. “Contubernio”, del latín contubernium,
primera acepción: “Habitación con otra persona”. Las habitaciones son, por lo
general, espacios íntimos que son como la síntesis de una persona. Este blog
es, entonces, como una síntesis mía. En efecto, este blog también es la
habitación de Haile, el otro. Este “otro” es una metáfora de mí mismo, un
personaje. Pero no es del todo una invención. Cuando escribo parece que soy
otro, que el escritor es un Haile que no soy yo, un Haile que está dentro de mí
y cuyos pensamientos salen a flote, como si escribir fuera un ritual para
invocarlo. El origen de, por ejemplo, “Conversaciones con Haile, el otro”
responde a un juego literario en el cual dialogo conmigo mismo, sin que Haile,
el otro, sea siempre una oposición. Sin proponérmelo, cada cuento es en el
fondo un intento de dialogo con el mundo, pasando lo que me sucede constantemente
a representaciones simbólicas. Tal es la función del arte.
¿Quién
es el otro? El que no soy yo, evidentemente. Claude Lévi-Strauss declaró alguna
vez de manera tajante: “El otro soy yo”. Si el otro, que es el que no
soy yo, soy yo, ¿quién soy yo? Yo no soy. Por cierto, asisto gustoso a la
universidad, donde aspiro a fundar mi propio jardín epicúreo. Estudio filosofía
y pretendo retomar mis estudios en etnología, aunque poco a poco empiezo a ser
llamado por la biología. Emprenderé el estudio de dos licenciaturas al mismo
tiempo. Hace como siete años descubrí que estudiar es sencillo y divertido. La
escuela no representa ninguna especie de desafío ni de gloria. Se pueden decir
un montón de sutilezas sobre la escuela, pero pienso que ya he dicho muchas. Si al lector le interesa, puede echar
un vistazo aquí y aquí.
Dicen mis padres que nací una madrugada
lluviosa de un nueve de febrero, en alguna parte de la ciudad de México, hace
como veintiún años. Mi padre es un
conservador religioso, casi reaccionario, que durante su época de estudiante
universitario se hizo de una fabulosa biblioteca. Siendo el primogénito de una
familia pobre y numerosa, fue el único que realizó estudios no sólo de
licenciatura, sino de posgrado, en toda la historia de la familia hasta tiempos
recientes. Haile no entiende cómo con una biblioteca llena de literatura
política marxista, novelas ejemplares de escritores consagrados y ensayos
filosóficos puede producir un partidario del partido hegemónico de México. Sin
embargo, él conserva en sus discursos un lenguaje riguroso que aspira a
convencer como un sofista. Es por ello que considero a mi padre un buen
adversario intelectual. Y es quizá debido a este estimulo del dialogo con él lo
que me hace amar las conversaciones sobre asuntos intelectuales. Tal vez
también se deba a esto que mis intereses se inclinaron a la filosofía y la
antropología…
Sin duda la biblioteca que formó mi padre
ha sido fundamental en mis estudios. Sin ella no sé qué sería de mí. Pero el
contexto en el que me desenvolví toda mi vida me indica que no estaría nada
bien. Gracias a esa biblioteca y mis deseos de ampliar los horizontes, apenas
recibía dinero del gobierno y mis padres empecé a formar mi propia biblioteca.
No sé cuánto dinero haya invertido en libros, pero es casi el mismo que el que
invertí en mis drogas y mujeres.
Y es todo lo que puedo decir al respecto.
Es
bien sabido que conforme uno crece sus opiniones cambian. No pretendo haber
escrito la verdad. Aquí sólo está plasmado, como en todos mis textos, el estado
actual de mis pensamientos.
~Haile Espino
Contubernio, diciembre 2015
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