23 de noviembre de 2015

Sobre el contubernio [ACTUALIZADO 2015]




Sobre el contubernio puedo decir una cosa cierta: representa lo sinvergüenza que soy. Me he releído con atención y sonrío cuando mi memoria repara en las formas simbólicas de mis escritos. Sin embargo, al mismo tiempo sonrío porque la calidad de mi creatividad es lamentable. Es decir, si escribo es porque necesito escribir. No soy como el que selecciona un tema al azar o el que espera de manera religiosa a ser iluminado. Escribir es así una actividad íntima, de conversación conmigo mismo. Como la mayoría de lo que escribo es una necesidad espiritual, pocas veces me detengo a pensar sobre si mi texto está a la altura de mis propias expectativas. Y es que, en efecto, el buen lector encontrará aquí un escritor que leyó emocionado a Borges, Joyce, Flaubert y que leyendo sin prejuicios, digamos inconscientemente, se formó una actitud de exigencia literaria. Ahora bien, si a esta exigencia agregamos que soy amante de la antropología y la filosofía, creo tener argumentos para reprocharme mi poca vergüenza. De poco me sirve ahora la graciosa justificación que el gran Alfonso Reyes dio a Borges ante la pregunta de éste sobre por qué publicar, donde el autor de Visión de Anáhuac responde que publican para no pasarse la vida corrigiendo los borradores. Si soy estricto conmigo mismo no debería publicar. Tal vez más: no debería escribir hasta que tenga algo realmente importante que decir.


     ¿Cómo superar, entonces, esta tensión? Podría decir que en la medida de que escribir es una necesidad el lector es uno mismo, y entonces reservar para mí la vergüenza de no estar a la altura. Pero público en este blog como pervertido exhibicionista. Y es que -salvo un par de excepciones- cuando muestro mis cuentos no busco que el lector reconozca el valor literario de mi obra (emprender semejante objetivo sería estúpido), sino que el lector interesado se adentre en el entendimiento y conocimiento de mí. La posterior aprobación y apreciación que pueda resultar de la lectura de mi obra, si se me comunica, es un maravilloso plus que agradecería de corazón. Pero no constituye lo fundamental, pues se deduce de lo que he dicho que escribo para conocerme y comprender el mundo, para poner orden a los pensamientos, para salvar los acontecimientos del olvido, para desahogar el espíritu de la experiencia de la belleza y lo sublime que me asaltan de manera constante, como si tal fuera mi destino. La experiencia estética está en la base de mi razón para escribir. De pronto sucede que el mundo todo, el cosmos (“todo lo que fue, es y será”), es motivo de asombro. El resto de cosas que de este hecho se desprenden es mi historia.


     Contubernio es una palabra con polisemia. De sus múltiples significados todos pueden aplicar. Las palabras y las cosas son según sus contextos. Un discípulo le preguntó a Confucio: “Maestro, ¿cuál es el primer deber de un gobernante? Y el sabio le responde: Devolver a las palabras su sentido original”. Rastrear el origen de las palabras me fascina. Soy un amante del lenguaje (un filólogo, diría Alfonso Reyes). Deseo saber cosas como un niño. Pero el origen de la palabra contubernio no es importante para este blog. La definición que obedezco –aquí y ahora- es la que ofrece el Diccionario de la lengua española. “Contubernio”, del latín contubernium, primera acepción: “Habitación con otra persona”. Las habitaciones son, por lo general, espacios íntimos que son como la síntesis de una persona. Este blog es, entonces, como una síntesis mía. En efecto, este blog también es la habitación de Haile, el otro. Este “otro” es una metáfora de mí mismo, un personaje. Pero no es del todo una invención. Cuando escribo parece que soy otro, que el escritor es un Haile que no soy yo, un Haile que está dentro de mí y cuyos pensamientos salen a flote, como si escribir fuera un ritual para invocarlo. El origen de, por ejemplo, “Conversaciones con Haile, el otro” responde a un juego literario en el cual dialogo conmigo mismo, sin que Haile, el otro, sea siempre una oposición. Sin proponérmelo, cada cuento es en el fondo un intento de dialogo con el mundo, pasando lo que me sucede constantemente a representaciones simbólicas. Tal es la función del arte.


     ¿Quién es el otro? El que no soy yo, evidentemente. Claude Lévi-Strauss declaró alguna vez de manera tajante: “El otro soy yo”. Si el otro, que es el que no soy yo, soy yo, ¿quién soy yo? Yo no soy. Por cierto, asisto gustoso a la universidad, donde aspiro a fundar mi propio jardín epicúreo. Estudio filosofía y pretendo retomar mis estudios en etnología, aunque poco a poco empiezo a ser llamado por la biología. Emprenderé el estudio de dos licenciaturas al mismo tiempo. Hace como siete años descubrí que estudiar es sencillo y divertido. La escuela no representa ninguna especie de desafío ni de gloria. Se pueden decir un montón de sutilezas sobre la escuela, pero pienso que ya he dicho  muchas. Si al lector le interesa, puede echar un vistazo aquí y aquí.  


     Dicen mis padres que nací una madrugada lluviosa de un nueve de febrero, en alguna parte de la ciudad de México, hace como veintiún años.  Mi padre es un conservador religioso, casi reaccionario, que durante su época de estudiante universitario se hizo de una fabulosa biblioteca. Siendo el primogénito de una familia pobre y numerosa, fue el único que realizó estudios no sólo de licenciatura, sino de posgrado, en toda la historia de la familia hasta tiempos recientes. Haile no entiende cómo con una biblioteca llena de literatura política marxista, novelas ejemplares de escritores consagrados y ensayos filosóficos puede producir un partidario del partido hegemónico de México. Sin embargo, él conserva en sus discursos un lenguaje riguroso que aspira a convencer como un sofista. Es por ello que considero a mi padre un buen adversario intelectual. Y es quizá debido a este estimulo del dialogo con él lo que me hace amar las conversaciones sobre asuntos intelectuales. Tal vez también se deba a esto que mis intereses se inclinaron a la filosofía y la antropología…


     Sin duda la biblioteca que formó mi padre ha sido fundamental en mis estudios. Sin ella no sé qué sería de mí. Pero el contexto en el que me desenvolví toda mi vida me indica que no estaría nada bien. Gracias a esa biblioteca y mis deseos de ampliar los horizontes, apenas recibía dinero del gobierno y mis padres empecé a formar mi propia biblioteca. No sé cuánto dinero haya invertido en libros, pero es casi el mismo que el que invertí en mis drogas y mujeres.

     Y es todo lo que puedo decir al respecto.

     Es bien sabido que conforme uno crece sus opiniones cambian. No pretendo haber escrito la verdad. Aquí sólo está plasmado, como en todos mis textos, el estado actual de mis pensamientos.

                                                                                       ~Haile Espino


Contubernio, diciembre 2015
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