14 de septiembre de 2016

Conversaciones con Haile, el otro (6)


Haile se despertó en la noche. Había pasado casi todo el día vagando por las calles que caminó en su infancia. Pudo ver a viejos amigos que estuvieron con él en la escuela y visitó los lugares en los que jugaba. Pero lejos de saludar a alguno pasó rápido para que nadie le hablara. De regreso a su casa Haile sentía asco. Se dedicó a buscar en Facebook información sobre sus viejos amigos y tuvo sentimientos encontrados. Por un lado, Haile sonreía al ver sus rostros después de siete largos años, y aunque primero creyó que era felicidad, notó enseguida que sonreía por burla. Luego Haile se dio cuenta que entre ellos mantienen comunicación y que son buenos amigos. Tratando de recordar por qué se habían olvidado de él -o tal vez él de ellos- se quedó dormido. Ya despierto y sentado en una memorable banca de un parque oscuro, fumando de su pipa, imaginando la continuación de cierta conversación que sostuvo hace un año en la misma banca que ahora observa con melancolía, Haile pensó: “No se trata de misantropía, pues soy incapaz de sentir odio, se trata de asco. Me resultan repugnantes sus vidas”. 

-Es interesante que pienses así –espetó Haile, el otro, que sentado a su lado miraba la memorable banca como si de un ser querido se tratara-. Si ellos no hubieran sido cercanos a ti, te habrías dedicado a pensarlos y no a sentirlos. No habrías hecho juicio alguno que contradijera no sólo tus estudios, sino también todo lo que has aprendido. 

-Tienes razón. En la medida que algún día fueron cercanos a mí, primero los siento, luego los pienso. Acontece algo semejante con la religión. Las religiones lejanas a mi cultura intentó pensarlas y entenderlas, mientras que las cercanas, como el cristianismo, primero las rechazo con una mueca de desagrado y luego las pienso.

-A propósito, querido amigo, ¿crees en Dios? 

-Bueno, la posición más prudente con respecto a Dios es un sincero no sé. No sé, primero, como significar la palabra, por lo tanto, no sé cómo pensarla. Astutamente algunos quieren significar a Dios de muchas maneras; si la palabra es polisémica todo es más complicado. Por ejemplo, a veces dicen que Dios está en todo, y yo admiro esa forma de proceder mediante la metáfora, aunque se pueden decir muchas sutilezas. Sin embargo, no me gusta la palabra Dios ni todo lo asociado a ella. Prefiero usar otras palabras para asuntos metafísicos, pues “Dios” es poco útil. Es una palabra que a veces se usa con trampa, pues llaman Dios a esa cosa que no podemos nombrar. No necesito a ningún Dios ni me interesa “tener relación” con eso. Puedo ser más radical con los dioses de las religiones. Todos ellos me tienen sin cuidado, los rechazo, y jamás haría ritual alguno para ellos –de manera, digamos, verdadera o sincera, aunque pueda resultar limitante en ciertos estudios de orden místico-.  

-Dime, Haile, ¿por qué te resultan repugnantes tus viejos amigos? –comenzó a decir Haile, el otro-. Creo saber lo que pensarías de ellos si no hubieran sido cercanos a ti. 

     Haile sonrió. Los adivinos le parecen muy graciosos. Entre risas, dijo:

-Si tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que pienso?

-Y si tú no eres yo –dijo Haile, el otro-, ¿cómo puedes saber que no sé lo que tú piensas?

-Si yo, no siendo tú, no puedo saber que tú sabes lo que pienso –dijo Haile, recordando un viejo dialogo chino-, se deduce de ese mismo hecho que tú, no siendo yo, no puedes saber lo que pienso. 

-Tal vez no pueda saber lo que piensas pensando –repuso Haile, el otro-, pero lo sé porque siento lo mismo que tú.

- ¡Ah! –exclamó Haile-. Si sientes lo mismo que yo, ¿por qué me preguntas por qué me resultan repugnantes? 

- Porque yo siento repugnancia no hacia ellos, sino hacia ti. 

     Haile sintió que algo recorría su cuerpo. Se entristeció y pudo notar que él mismo era repugnante. Levantó la mirada y la depositó en los ojos de Haile, el otro, durante cinco segundos. Ambos intercambiaron sonrisas. Finalmente dijo:

-Si yo no fuera cercano a ti, pensarías diferente de mí, en la medida que eres como yo. 

-Ahora que tienes la respuesta, responde mi pregunta –dijo Haile, el otro-. 

-Ocurre con ellos lo que diría de cualesquiera otros. No es necesario que te explique lo que pienso de ellos, es suficiente con saber un poco de mí –por ejemplo, que estudio antropología y filosofía- para deducir lo que podría pensar. No se trata, pues, de lo que pienso, sino de lo que siento. 

-No obstante, querido amigo, esas dos cosas parecen estar relacionadas –espetó Haile, el otro-. 

-Sin meternos en ese asunto, me dieron asco mis viejos amigos. Uno de ellos, mi antiguo y muy querido amigo David, presume tener un arma de fuego larga. Nunca tuvo una vida fácil, pero sólo estudió hasta la secundaria y -si la información es verdadera- estuvo en prisión al menos un par de semanas. Sus características físicas y sociales nuevas son propias de la cultura a la que se adscribe: cejas depiladas y delineadas, cabello corto –o nulo- en los lados de la cabeza y poco cabello desde la testa a la nuca; es fanático de las motonetas y le gustan las fiestas donde se escucha música reggaetón. 

- ¿Eso te provoca asco? –preguntó curioso Haile, el otro-. 

-No. Yo rechazo esas cosas, pero no es lo que me provoca asco. Es más bien la relación entre todas esas cosas y entre los miembros de esa clase de vida.

     Haile guardó silencio. Pareció haber dado con la palabra clave. De pronto, dejó de tener sentido describir como era eso que le daba asco y comenzó a reflexionar sobre su propia vida. 

-Sabes ahora lo que provoca asco, ¿no es cierto? –dijo Haile, el otro, mientras se levantaba de la banca e invitaba a su amigo a caminar-. 

-Lo repugnante es mi propia vida –afirmó Haile con voz temblorosa, mirando el vasto cielo oscuro-. 

-David no es el único con estudios mínimos –comenzó a decir Haile, el otro-, muchos de tus viejos amigos abandonaron la escuela y se pusieron a trabajar. Muchos de ellos también tienen hijos, beben y fuman marihuana todos los viernes y sábados…

- ¡Y son felices! –exclamó Haile-. Éste es justo mi problema. Parece que su vida es mejor que la mía porque yo no soy feliz. ¿Por qué mi ex amigo el chukilukii ukiluky (¿sic?) es más feliz que yo? 

-Tú no eres ellos, amigo –dijo Haile, el otro, como regresándole la objeción del dialogo chino-. No puedes saber si son más felices que tú. Pero tampoco sabes quién eres, tal vez no terminas de aceptarte, y por eso no eres feliz. 

     Haile pensó para sí mismo: ¿Qué debo hacer? Si todo marcha bien…

-Hay un par de cosas que no marchan bien –interrumpió Haile, el otro, como leyendo los pensamientos de Haile-. No enunciaré los problemas, sólo dime qué piensas hacer.

     Haile sonrío. 

-No puedo, querido amigo. Sería como decirte cómo voy a vivir.

Twitter: HaileEspino
hailecontubernio@gmail.com 

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