Cada vez que termina el año me gusta leer mi diario y
recordar todos los acontecimientos de mi vida. Como todos los años desde que
recuerdo, el que está por terminar es siempre mejor que el anterior. Hago más
viajes, me encuentro con personas nuevas y geniales, leo y pienso sobre
diversos asuntos, digamos, con mayor lucidez, genero nuevas experiencias
corporales y espirituales, en suma: soy más feliz. Sin embargo, también cada
vez con más frecuencia me asalta una angustia por mi existencia, una
desesperación por mi incapacidad de dotar de sentido a mi vida. Ser libre
quiere decir –aquí y de manera provisional- que uno puede dar sentido a su
vida. Si no puedo dar sentido, entonces o no soy libre, o soy indigno de la
libertad. Mi vida es “mejor” cada año en el sentido de que los nuevos acontecimientos
generan experiencias maravillosas. Tal vez, al fin y a la postre, mi error
consista en querer un sentido para una vida que todavía no es –es decir, mi
futuro- y considerar el posible sentido de la vida que ya no es –es decir, mi
pasado- como un sin sentido, pues consiste en acontecimientos contingentes que
disfruté pero que no logro articular en una perspectiva diacrónica total cuya
finalidad yo entienda.
Después de todo, ¿qué quiero entender sino lo
que hago? En efecto, ¿no me estoy preguntando acaso por qué hago lo que hago? Ciertamente,
no todo lo que hago me hace feliz. Algunas cosas las hago por la tranquilidad
que me otorgan, algunas más por hacer feliz a otros… Pero, al fin de cuentas,
¿qué se supone que es la felicidad? Mi problema es mi falta de certeza. Soy un
ignorante, un ingenuo. En nuestra lengua, misterioso lector, ¿no acaso está
implícita la definición de felicidad como todas las demás palabras? Tienes todo
el derecho de objetarme: ¡No te hagas el tonto! ¡Ya sabes qué es la felicidad!
Sin embargo, querido lector, no sé. Y no creo ser tan ingenuo, más bien ingenuo
es aquel que cree tener certezas sobre algo. ¿Tú tienes certeza de algo, querido
lector, digamos, sobre la felicidad, el amor o la moral? Si la respuesta es
afirmativa, entonces déjame expresarte mi envidia porque tu vida tiene sentido:
ya sabes lo que las cosas son. En cambio, yo, que me quiero hacer el loco
pretendiendo no saber qué es lo que en realidad ya sé, en la medida en que
pertenezco a una cultura y hablo una lengua, no tengo sentido. Pero, ajustarme
a lo que se supone que ya sé es renunciar a mi libertad porque el sentido de mi
vida será establecido por la cultura en la que vivo. De esta manera, estoy
“condenado” no a ser libre –como quería cierto ilustre filósofo-, sino, por
ejemplo, a ser padre o a tener pareja. Considere el buen lector estas dos cosas
que enuncié como oposiciones a la libertad, ya que son condenas, “castigos”
propios de quien se ajusta a “los sentimientos establecidos”. ¡Ajá! El lector
habrá advertido mi ingenuidad, pues pretendo tener una certeza sobre el amor,
la moral o la felicidad. Sin embargo, sigo sosteniendo que no sé y que
ajustarme a lo que se supone debo saber es renunciar no sólo a mi libertad,
sino que es fundamentalmente renunciar a pensar. No sé qué Demóstenes entienda
mi misterioso lector por la palabra “pensamiento”. Y eso refrenda mi posición:
dado que hablamos una misma lengua –usted “entiende” lo que está leyendo-, ya
deberíamos saber qué es “pensar”, deberíamos tener la certeza, pero apuesto la
administración de mi amadísimo blog a que no estamos de acuerdo en la
definición. Es renunciar a pensar porque ajustarme a lo que se supone ya debería
saber implica estar determinado y “de acuerdo”. Así, no me quedaría más que
estar “de acuerdo” con casarme y tener hijos, ir a la universidad, criticar al
gobierno por mover un dedo, escuchar la música de prestigio, gustarme las
películas de la mayoría y leer lo “reconocido”.
En fin, si usted
tiene certezas sobre asuntos como el amor, la felicidad o la moral –entre
muchas otras-, usted está renunciando a pensar. No quiero decir en absoluto que
sea malo, pero debe estar consciente de las consecuencias. Míreme: pensar, es
decir, no “estar de acuerdo”, no saber qué es la felicidad, el amor, etcétera
–“sólo sé que no sé nada”-, me tiene sumido en una misteriosa miseria
existencial debida a mi incapacidad de dotar de sentido a mi vida, o más bien,
debida a el reconocimiento de que existir es absurdo. Y al mismo tiempo, ¡vaya
paradoja! Si renunciase de manera consiente a pensar, ¡cuán infeliz sería! La
vida sería insoportable… no sé, no podría. Y resulta interesante que el
pensamiento busque sobre todo certezas, si no, ¿qué? Certezas sobre las
aparentes certezas culturales. En fin, distinguir lo contingente de lo
necesario, pero éste es otro asunto.
Una vez
desahogado, quiero decir algunas cosas. Primero, este año ha sido maravilloso.
Viaje a Quintana Roo dos veces, a Michoacán y a Puebla. Todos estos viajes
largos tuvieron sus particularidades y fueron muy bonitos. Jamás los olvidaré:
desde nadar en el mar “hasta la mitad”, pasando por fiestas en Michoacán llenas
de drogas y paisajes sublimes, hasta notas redactadas frente al mar oscuro y
fiestas con extranjeros. También conocí a personas increíbles y geniales en la
escuela, que disfrutan de la vida como no tenía yo idea. Entre pensadores
ilustres y lesbianas, humildad y “bandota”, son los mejores amigos que me pude
haber encontrado. Sin contar todo lo que he aprendido en las dos universidades.
En realidad, hay muchísimas cosas que enumerar. No las escribiré es virtud de
que, al menos en mí, la privacidad no ha muerto. Para lo demás, la lectura de
las Conversaciones y los demás textos
de mi blog se prestan a interpretaciones sobre mi vida. Nada que no haya dicho
en Sobre el Contubernio. El lector
que me “conozca” en persona deberá interpretar con mayor certeza, aunque la “verdad”
de mí es, en efecto, de mi propiedad. Este año recibí algunas noticias que me
hicieron saltar y gritar de la emoción. Sobre eso hay proyectos pendientes
fundamentales que ya contaré en su momento. Como sea, espero también poder
escribir más seguido, ya que a veces siento nostalgia de mi blog. Muchas
ocasiones siento la necesidad de escribir, pero no tengo a la mano una pluma o
algo así. En fin.
Nos estaremos
leyendo.
~Haile Espino, 2016.
hailecontubernio@gmail.com
Twitter: @HaileEspino
0 Comentarios:
Publicar un comentario