29 de diciembre de 2016

Entrada de fin de año





Cada vez que termina el año me gusta leer mi diario y recordar todos los acontecimientos de mi vida. Como todos los años desde que recuerdo, el que está por terminar es siempre mejor que el anterior. Hago más viajes, me encuentro con personas nuevas y geniales, leo y pienso sobre diversos asuntos, digamos, con mayor lucidez, genero nuevas experiencias corporales y espirituales, en suma: soy más feliz. Sin embargo, también cada vez con más frecuencia me asalta una angustia por mi existencia, una desesperación por mi incapacidad de dotar de sentido a mi vida. Ser libre quiere decir –aquí y de manera provisional- que uno puede dar sentido a su vida. Si no puedo dar sentido, entonces o no soy libre, o soy indigno de la libertad. Mi vida es “mejor” cada año en el sentido de que los nuevos acontecimientos generan experiencias maravillosas. Tal vez, al fin y a la postre, mi error consista en querer un sentido para una vida que todavía no es –es decir, mi futuro- y considerar el posible sentido de la vida que ya no es –es decir, mi pasado- como un sin sentido, pues consiste en acontecimientos contingentes que disfruté pero que no logro articular en una perspectiva diacrónica total cuya finalidad yo entienda. 

     Después de todo, ¿qué quiero entender sino lo que hago? En efecto, ¿no me estoy preguntando acaso por qué hago lo que hago? Ciertamente, no todo lo que hago me hace feliz. Algunas cosas las hago por la tranquilidad que me otorgan, algunas más por hacer feliz a otros… Pero, al fin de cuentas, ¿qué se supone que es la felicidad? Mi problema es mi falta de certeza. Soy un ignorante, un ingenuo. En nuestra lengua, misterioso lector, ¿no acaso está implícita la definición de felicidad como todas las demás palabras? Tienes todo el derecho de objetarme: ¡No te hagas el tonto! ¡Ya sabes qué es la felicidad! Sin embargo, querido lector, no sé. Y no creo ser tan ingenuo, más bien ingenuo es aquel que cree tener certezas sobre algo. ¿Tú tienes certeza de algo, querido lector, digamos, sobre la felicidad, el amor o la moral? Si la respuesta es afirmativa, entonces déjame expresarte mi envidia porque tu vida tiene sentido: ya sabes lo que las cosas son. En cambio, yo, que me quiero hacer el loco pretendiendo no saber qué es lo que en realidad ya sé, en la medida en que pertenezco a una cultura y hablo una lengua, no tengo sentido. Pero, ajustarme a lo que se supone que ya sé es renunciar a mi libertad porque el sentido de mi vida será establecido por la cultura en la que vivo. De esta manera, estoy “condenado” no a ser libre –como quería cierto ilustre filósofo-, sino, por ejemplo, a ser padre o a tener pareja. Considere el buen lector estas dos cosas que enuncié como oposiciones a la libertad, ya que son condenas, “castigos” propios de quien se ajusta a “los sentimientos establecidos”. ¡Ajá! El lector habrá advertido mi ingenuidad, pues pretendo tener una certeza sobre el amor, la moral o la felicidad. Sin embargo, sigo sosteniendo que no sé y que ajustarme a lo que se supone debo saber es renunciar no sólo a mi libertad, sino que es fundamentalmente renunciar a pensar. No sé qué Demóstenes entienda mi misterioso lector por la palabra “pensamiento”. Y eso refrenda mi posición: dado que hablamos una misma lengua –usted “entiende” lo que está leyendo-, ya deberíamos saber qué es “pensar”, deberíamos tener la certeza, pero apuesto la administración de mi amadísimo blog a que no estamos de acuerdo en la definición. Es renunciar a pensar porque ajustarme a lo que se supone ya debería saber implica estar determinado y “de acuerdo”. Así, no me quedaría más que estar “de acuerdo” con casarme y tener hijos, ir a la universidad, criticar al gobierno por mover un dedo, escuchar la música de prestigio, gustarme las películas de la mayoría y leer lo “reconocido”. 

     En fin, si usted tiene certezas sobre asuntos como el amor, la felicidad o la moral –entre muchas otras-, usted está renunciando a pensar. No quiero decir en absoluto que sea malo, pero debe estar consciente de las consecuencias. Míreme: pensar, es decir, no “estar de acuerdo”, no saber qué es la felicidad, el amor, etcétera –“sólo sé que no sé nada”-, me tiene sumido en una misteriosa miseria existencial debida a mi incapacidad de dotar de sentido a mi vida, o más bien, debida a el reconocimiento de que existir es absurdo. Y al mismo tiempo, ¡vaya paradoja! Si renunciase de manera consiente a pensar, ¡cuán infeliz sería! La vida sería insoportable… no sé, no podría. Y resulta interesante que el pensamiento busque sobre todo certezas, si no, ¿qué? Certezas sobre las aparentes certezas culturales. En fin, distinguir lo contingente de lo necesario, pero éste es otro asunto. 

     Una vez desahogado, quiero decir algunas cosas. Primero, este año ha sido maravilloso. Viaje a Quintana Roo dos veces, a Michoacán y a Puebla. Todos estos viajes largos tuvieron sus particularidades y fueron muy bonitos. Jamás los olvidaré: desde nadar en el mar “hasta la mitad”, pasando por fiestas en Michoacán llenas de drogas y paisajes sublimes, hasta notas redactadas frente al mar oscuro y fiestas con extranjeros. También conocí a personas increíbles y geniales en la escuela, que disfrutan de la vida como no tenía yo idea. Entre pensadores ilustres y lesbianas, humildad y “bandota”, son los mejores amigos que me pude haber encontrado. Sin contar todo lo que he aprendido en las dos universidades. En realidad, hay muchísimas cosas que enumerar. No las escribiré es virtud de que, al menos en mí, la privacidad no ha muerto. Para lo demás, la lectura de las Conversaciones y los demás textos de mi blog se prestan a interpretaciones sobre mi vida. Nada que no haya dicho en Sobre el Contubernio. El lector que me “conozca” en persona deberá interpretar con mayor certeza, aunque la “verdad” de mí es, en efecto, de mi propiedad. Este año recibí algunas noticias que me hicieron saltar y gritar de la emoción. Sobre eso hay proyectos pendientes fundamentales que ya contaré en su momento. Como sea, espero también poder escribir más seguido, ya que a veces siento nostalgia de mi blog. Muchas ocasiones siento la necesidad de escribir, pero no tengo a la mano una pluma o algo así. En fin. 

     Nos estaremos leyendo.

~Haile Espino, 2016.

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