Regreso a las letras como buscando refugio ante los embates
de la vida. Regreso para tratar de comprender, desde la experiencia de escribir
–siempre mágica, misteriosa e inquietante-, la complejidad de lo que acontece.
Pero no sé cómo comenzar porque hace mucho tiempo que no escribo. Muchas veces
intenté escribir como antes un cuento, una conversación,
una opinión, y fracasaba creativamente. A penas escribía un par de líneas y me
decía a mí mismo estúpido. Incluso no he podido escribir mis ensayos escolares,
lo cual me ha llevado a reprobar. Padezco una especie de bloqueo, como si mi
capacidad para escribir se hubiese esfumado y no pudiera hacerlo nunca más. Sin
embargo, hoy regreso recordando lo que una vez inició la aventura de escribir:
la libertad de pensar lo que quiera y, discerniendo en la acción, guiarme con
plenitud en la vida.
Ahora creo darme cuenta de la causa de mí ausencia. Ciertamente he tenido miedo a ser leído, juzgado. Lo que antes me tenía sin cuidado, de pronto cobró una importancia fundamental. Comencé a llevar una vida diferente. Y traté de disfrutar lo nuevo que se me presentaba con tal intensidad que olvidé esta otra parte de mi vida que alguna vez fue tan importante. Han pasado tantas cosas de las que me hubiera gustado escribir algo, un cuento, una conversación… Pero me quedaba en la mera reflexión contemplativa, sin escribir nada no ya por miedo, sino porque no me apetecía. Esta es otra razón, pues siempre he considerado que si escribo debe ser por necesidad. Mi espíritu dejó de tener necesidad de escribir porque se le presentaron cosas nuevas y no creí necesario escribir sobre ellas, aunque sin duda una parte de mí me llevaba a sentarme frente a la hoja en blanco, sin éxito.
Lo delicioso de
escribir es la libertad con la que me desenvolvía. (Hoy tengo ganas de ser
contestatario, anárquico, el anarco que siempre he llevado dentro). Pero tuve
miedo a ser leído y juzgado en esa medida. Justo ahora lo encuentro estúpido
porque lo único que he logrado es disminuir mi capacidad intelectual. Si hoy
regreso, querido y anónimo lector, lo hago con sincera pretensión de libertad,
verdad y autonomía. Quiero volver a escribir sin límites y explorar el mundo. Y
si alguna vez esto me causa problemas, escribir otra vez sobre la experiencia y
cambiar mi vida a mejor. No quiero tener más miedo.
Supongo que en
este tiempo ocurrió un corte importante. Creo que los textos a partir de este
momento serán diferentes a los antiguos, pues pasó mucho tiempo sin que
publicara y escribiera algo –tal vez unos versos y uno que otro ensayo escolar
mediocre-.
Lo diré así: en
el fondo escribo para mí, pero ahora pienso cada vez más en un lector que no me
conozca. Recuerdo nostálgico a mis antiguos lectores. *Hola, ¿todavía queda
alguno? Escríbeme*. Una de mis lectoras favoritas era una chica llamada
Fernanda –espero que siga viva-. Ella me leía y cada vez que podía me hacía un
comentario sobre los textos, fuese un cuento, una conversación o lo que sea. Lo mejor de todo era que no me juzgaba,
antes bien decía comprenderme. Se esforzaba en entenderme y eso la hacía súper
especial, aunque no entendiera nada. Una vez me escribió un correo hermoso y
épico, pues no teníamos mucho contacto y hablar en persona era difícil. No creo
que se haya dado una vuelta por aquí, pero si de casualidad algún día lees
esto, Fernanda, amiga mía, escríbeme otra vez, me gustaría mucho volver a saber
de ti. Ahora que recuerdo, la mayoría de mis posibles lectores eran mujeres.
Una de ellas es fundamental en mi vida -pues sólo ha habido una mujer-, y a pesar de que la quiero mucho, en
realidad ella es una de las causas por las que no he escrito por miedo a ser
juzgado y no comprendido, como hicieran otras. Hoy, sin embargo, se acabó el miedo.
¿Podré desenvolverme como en los viejos tiempos?
Que este breve
texto quede como evidencia de que al menos estoy dispuesto a intentarlo.
hailecontubernio@gmail.com
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