Hace
algunas semanas mentí en el trabajo para que me dieran vacaciones. Dije que
tenía que ir a hacer un trabajo de campo a Juchitán, Oaxaca, para estudiar la
resistencia de los nativos al imperialismo. Mientras tanto, en la universidad
padezco decepción. Este semestre las clases son penosas, los profesores no
pueden exponer ideas sin tragar saliva y, aunque promueven la opinión crítica
del alumno, ellos son inamovibles como autoridad: su opinión es indiscutible
menos por correcta que por miedo. He tratado de acabar con su autoridad
tratándolos como iguales. No escribo sus tareas y muestro que en la discusión
el texto –cuyo contenido estoy seguro leen hartos- es irrelevante. En una
ocasión le pedí a una maestra que me dejara echarle un vistazo al ensayo de mis
compañeros, ya que jamás los revisamos en clase y la reflexión escrita lograda,
si no fue compartida para ser discutida, no sirvió para nada. Me negó los
textos argumentado privacidad. Primero ella tenía que pedir permiso al grupo,
cosa que jamás hizo. ¿Para qué quieren entonces un ensayo de veinte páginas?
¿Para una colección privada? ¿Para enseñar a escribir? Si es para esta
actividad desarrollarán estrés y fastidio. Pero claro, para ellos debe ser una
bonita forma de enseñar. Seguro les ha funcionado, así aprendieron a escribir.
En lugar de fomentar esta actividad del espíritu mediante la lectura libre y la
redacción ligera de textos, señalando errores y aciertos para motivar –que no
obligar- al alumno a ensayar cosas más grandes, prefieren el adoctrinamiento,
vigilar y castigar, competir, calificar para rebajar y exhibir frente al otro.
El otro día en un ensayo desobedecí al maestro al escribir sobre un tema pero
sin la opinión de la autora establecida por él. Escribí sobre lo que el
profesor quería pero sin la referencia que quería. ¿Por qué limitar mi libertad de expresión y creatividad? Puedo hacer mejores cosas si reviso a otros autores, no me alejo del
tópico, sino que abundo en él. Desde luego, el sujeto al ver quebrantado su
orden calificó con un “?” mi trabajo. El tema era el mismo, pero visto
desde más lugares. En suma, realizó un comentario al final de la clase: “No
recibiré trabajos en los que me citen autores que no estamos viendo y se
desvíen del tema que tratamos”. Lo que
hace divertida a mi universidad y carrera es la discusión libre sobre asuntos
que inquietan nuestros espíritus. Yo voy a la universidad porque ahí se
concentran mis colegas y amigos cuya fascinación por el conocimiento comparto.
Sin embargo, voy a la escuela porque quiero saber y discutir más de lo que
puedo encontrar en un libro, origen éste de mi curiosidad, no porque quiero un
trabajo bien pagado. Esa idea me causa repelús. El debate con mis amigos no
tiene límites: el color, el psicoanálisis, la astronomía, la química, la obra
de Borges, el capitalismo, la fantasía, el activismo, el zapatismo, palestina,
el sonido, el petróleo, el ser, la luz, etcétera. No importa que estudiemos –de
manera específica en la universidad, pues la palabra estudio es más amplia-
antropología. En los libros hayamos el saber y lo disfrutamos sin la necesidad
de acudir a los salones. Más aún: la escuela está en cualquier lugar donde se
distribuya y discuta el conocimiento, en cualquier lugar donde aprendemos el
uno del otro. Yo no quiero poder. Algunos van a la universidad porque quieren
un empleo donde ganen mucho dinero. El dinero es poder. Yo no quiero poder,
sino libertad.
Gabriel Zaid escribe en Un muchacho catalán (disponible aquí)
–pequeño texto con la calidad acostumbrada en toda su obra- su experiencia con
Ricardo Mestre, un libertario sin credencial. “No trataba de llegar al poder,
sino a la libertad (…) Su fe en la discusión, los libros y la prensa como vías
libertarias me impresionó, más aún porque su escolaridad era mínima. Me hacía
ver la contraposición entre dos instituciones afines y opuestas: la lectura
libre y la universidad. La escolaridad está en la tradición del saber
jerárquico, vertical, transmitido desde arriba, acreditado por una autoridad
que expide credenciales. La lectura libre es una discusión entre iguales, que
se va extendiendo: un saber crítico, horizontal, abierto y sin credenciales,
donde la única autoridad que importa es la autoridad moral”. ¡Ay! Ya casi no
hay hombres así. Uno debería tomarse su tiempo para “estudiar” una carrera. Sin
presiones. Si vuestros padres, querido lector, te obligan a terminar tu carrera
al tiempo y excelencia burocrática, no te aman. En todo caso, ¿para qué estás “estudiando”,
o mejor dicho, para qué vas a la universidad a hacer tareas? ¡Ajá! ¿Quieres
dinero, verdad? Te descubrí. Sí, sí, te gusta tal cosa, pero más aún el dinero.
Desobedezcan y enfrenten a sus profesores.
Que la escuela sea una discusión de iguales, no una subordinación
jerárquica. Hagan preguntas como si su
vida dependiese de no saber de qué se trata la clase. Lean mucho, miren
televisión. Piensen el mundo. Ama… mucho.
¡Haile! ¡Haile! Escúchame, imbécil. Pon atención
que trtheurfvhn. Se valiente. Sé frío. Te has vuelto una princesita. Me das
asco. Pareces un cerdo. Estás cada vez más gordo. Eres un esclavo. No te
perteneces. Tu ser muere. Sldfadfdfa dd
d dpdc. No llores. Pedazo de mierda. Assadfsfdfgerhoticvklbmv5402. Sí, bueno. Eres
tu poesía y tu filosofía.
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