27 de mayo de 2014

Un muchacho

Hace algunas semanas mentí en el trabajo para que me dieran vacaciones. Dije que tenía que ir a hacer un trabajo de campo a Juchitán, Oaxaca, para estudiar la resistencia de los nativos al imperialismo. Mientras tanto, en la universidad padezco decepción. Este semestre las clases son penosas, los profesores no pueden exponer ideas sin tragar saliva y, aunque promueven la opinión crítica del alumno, ellos son inamovibles como autoridad: su opinión es indiscutible menos por correcta que por miedo. He tratado de acabar con su autoridad tratándolos como iguales. No escribo sus tareas y muestro que en la discusión el texto –cuyo contenido estoy seguro leen hartos- es irrelevante. En una ocasión le pedí a una maestra que me dejara echarle un vistazo al ensayo de mis compañeros, ya que jamás los revisamos en clase y la reflexión escrita lograda, si no fue compartida para ser discutida, no sirvió para nada. Me negó los textos argumentado privacidad. Primero ella tenía que pedir permiso al grupo, cosa que jamás hizo. ¿Para qué quieren entonces un ensayo de veinte páginas? ¿Para una colección privada? ¿Para enseñar a escribir? Si es para esta actividad desarrollarán estrés y fastidio. Pero claro, para ellos debe ser una bonita forma de enseñar. Seguro les ha funcionado, así aprendieron a escribir. En lugar de fomentar esta actividad del espíritu mediante la lectura libre y la redacción ligera de textos, señalando errores y aciertos para motivar –que no obligar- al alumno a ensayar cosas más grandes, prefieren el adoctrinamiento, vigilar y castigar, competir, calificar para rebajar y exhibir frente al otro. El otro día en un ensayo desobedecí al maestro al escribir sobre un tema pero sin la opinión de la autora establecida por él. Escribí sobre lo que el profesor quería pero sin la referencia que quería. ¿Por qué limitar mi libertad de expresión y creatividad? Puedo hacer mejores cosas si reviso a otros autores, no me alejo del tópico, sino que abundo en él. Desde luego, el sujeto al ver quebrantado su orden calificó  con un “?”  mi trabajo. El tema era el mismo, pero visto desde más lugares. En suma, realizó un comentario al final de la clase: “No recibiré trabajos en los que me citen autores que no estamos viendo y se desvíen del tema que tratamos”.  Lo que hace divertida a mi universidad y carrera es la discusión libre sobre asuntos que inquietan nuestros espíritus. Yo voy a la universidad porque ahí se concentran mis colegas y amigos cuya fascinación por el conocimiento comparto. Sin embargo, voy a la escuela porque quiero saber y discutir más de lo que puedo encontrar en un libro, origen éste de mi curiosidad, no porque quiero un trabajo bien pagado. Esa idea me causa repelús. El debate con mis amigos no tiene límites: el color, el psicoanálisis, la astronomía, la química, la obra de Borges, el capitalismo, la fantasía, el activismo, el zapatismo, palestina, el sonido, el petróleo, el ser, la luz, etcétera. No importa que estudiemos –de manera específica en la universidad, pues la palabra estudio es más amplia- antropología. En los libros hayamos el saber y lo disfrutamos sin la necesidad de acudir a los salones. Más aún: la escuela está en cualquier lugar donde se distribuya y discuta el conocimiento, en cualquier lugar donde aprendemos el uno del otro. Yo no quiero poder. Algunos van a la universidad porque quieren un empleo donde ganen mucho dinero. El dinero es poder. Yo no quiero poder, sino libertad.  

     Gabriel Zaid escribe en Un muchacho catalán (disponible aquí) –pequeño texto con la calidad acostumbrada en toda su obra- su experiencia con Ricardo Mestre, un libertario sin credencial. “No trataba de llegar al poder, sino a la libertad (…) Su fe en la discusión, los libros y la prensa como vías libertarias me impresionó, más aún porque su escolaridad era mínima. Me hacía ver la contraposición entre dos instituciones afines y opuestas: la lectura libre y la universidad. La escolaridad está en la tradición del saber jerárquico, vertical, transmitido desde arriba, acreditado por una autoridad que expide credenciales. La lectura libre es una discusión entre iguales, que se va extendiendo: un saber crítico, horizontal, abierto y sin credenciales, donde la única autoridad que importa es la autoridad moral”. ¡Ay! Ya casi no hay hombres así. Uno debería tomarse su tiempo para “estudiar” una carrera. Sin presiones. Si vuestros padres, querido lector, te obligan a terminar tu carrera al tiempo y excelencia burocrática, no te aman. En todo caso, ¿para qué estás “estudiando”, o mejor dicho, para qué vas a la universidad a hacer tareas? ¡Ajá! ¿Quieres dinero, verdad? Te descubrí. Sí, sí, te gusta tal cosa, pero más aún el dinero.

    Desobedezcan y enfrenten a sus profesores. Que la escuela sea una discusión de iguales, no una subordinación jerárquica.  Hagan preguntas como si su vida dependiese de no saber de qué se trata la clase. Lean mucho, miren televisión. Piensen el mundo. Ama… mucho.


     ¡Haile! ¡Haile! Escúchame, imbécil. Pon atención que trtheurfvhn. Se valiente. Sé frío. Te has vuelto una princesita. Me das asco. Pareces un cerdo. Estás cada vez más gordo. Eres un esclavo. No te perteneces. Tu ser muere. Sldfadfdfa  dd d dpdc. No llores. Pedazo de mierda. Assadfsfdfgerhoticvklbmv5402. Sí, bueno. Eres tu poesía y tu filosofía. 


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