Con la cabeza en alto, expulsando el humo de tabaco de su pipa, cómodo en su sillón, Haile pensó: lo que hay que abolir es el trabajo. ¡Cuán felices son aquéllos en cuyas sociedades el trabajo es voluntario! La etnografía nos muestra culturas que…
-Espera un segundo –espetó Haile, el otro, que sentado en la cama leía a Henry Thoreau-. No puedes afirmar la felicidad de otro en un contexto que ignoras. Vuestros significados están sujetos a la cultura, jamás son universales; tal es la premisa antropológica.
-Pienso que tienes razón. Dime, Haile, si es una contradicción crear un sindicato y al mismo tiempo pensar que el trabajo asalariado es una forma de esclavitud, una oposición a la libertad.
-En efecto es una contradicción. Si el trabajo es una forma de esclavitud, es decir, una relación de explotación, lo que provoca el sindicato es prolongar la situación.
-Desde luego. Entonces el objetivo del sindicato no debería ser mejorar (entiéndase, hacer más tolerables) las relaciones laborales negociando aumento de sueldo, seguro médico o fondos de ahorro, sino arrebatar nuestra libertad, nuestra vida. Que el patrón se apiade de nosotros es humillante, lo que queremos es destruir la condición, no suavizarla.
-Dime tú, entonces, ¿cómo superarás tal contradicción en la práctica? –preguntó Haile, el otro, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
A Haile se le escapó un suspiro, esto es, como diría cierto poeta, un pedazo de vida. Fumó varios minutos en silencio. Recorrió con la memoria los libros que miraba en la pared. Cada libro fundamental transportaba su imaginación a momentos de su vida. Pero volvió en sí de súbito, como si algo hubiera rotó el orden.
-La pérdida del orden es el origen de la angustia –dijo Haile, el otro.
-El orden jamás se pierde, sólo se instaura uno nuevo. Es el comienzo del orden, pues, el origen de la angustia. Cuando un orden sustituye a otro, la resistencia al cambio es el origen de la desesperación –comentó Haile.
Él parecía haberse dado cuenta de algo, sus ojos estaban fijos en la nada.
-¿Por qué estás angustiado? Hace un rato que no dejas de contemplar el tiempo.
-Es la señorita Magdaleno. Es un ser así lo que provocó el olvido momentáneo de la dama del laberinto, en cuya trama ahora estoy.
Haile, el otro, se levantó de un salto. Los dos se contemplaron por varios segundos en silencio. Luego ambos, como quien desea expulsar la angustia, quizá la desesperación, lanzaron un grito inolvidable.
-¿Es este un orden que comienza o uno ya en el ocaso? –pensó Haile desde un lugar oculto en el cerro.
Un mensaje había llegado a su teléfono. Un pedazo de vida escapó de él.
-Pronto comenzará a llover –dijo Haile, el otro-. La vista de la ciudad es desde aquí hermosa. Cuando llueve parece que todo se vuelve gris. Dime, Haile, ¿qué pasaría con el orden de nuestro mundo si, en uso inminente e irrenunciable de nuestra libertad, decidiéramos mañana irnos de aquí?
-¿Qué piensas que soy? ¿Un adivino? Sin embargo pienso que la radicalidad del cambio sugerirá plantear la contingencia de todas las personas y cosas. El mundo es posibilidad, la vida es azarosa. La cantidad de cosas posibles es ilimitada, lo necesario limitado ¿Por qué razón he de necesitar de estos amigos, de esta familia, de estas relaciones que me constituyen? Lo necesario es, en efecto, la relación de amistad, no Jácome ni Fitz; el elemento no vale por sí mismo.
-¡Espera un segundo! –espetó Haile, el otro, inquieto por contestar a semejante discurso.- No obstante vuestro argumento, no es posible prescindir de los elementos. La memoria obligará al pensamiento a recurrir a ellos. Y es el pensamiento lo que pone orden al mundo. Es lógico que la relación con Jácome ocupe un lugar privilegiado entre tus relaciones de amistad; es así por la experiencia, por la historia…
-Cronológico no es lógico, amigo. Cuando pensamos en lógica, pensamos en instauración de relaciones necesarias.
-Pero la memoria persistirá en él, por más que instaures relación con Marcos o Hiram. Los elementos son necesarios, cada uno es especial. De acuerdo: no vale por sí mismo, pero sí cuando es puesto por el pensamiento en oposición jerárquica con otros elementos dentro de la misma relación.
Haile y el otro se miraron fijamente. La lluvia caía tan rápido que apenas se podía divisar el rostro de cada uno. Se sonrieron mutuamente.
-¿Qué estás escribiendo? –preguntó Haile, el otro, desde fuera de la habitación.
Observaba atento el cielo oscuro. Sólo pudo contar dieciocho estrellas. Fumó en silencio durante varios minutos. Haile le parecía muy nervioso, como si un recuerdo lo atormentara. Lo último que hizo aquella noche fue dejar que se escapara un pedazo de vida.
mexicorat3d@gmail.com
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