15 de marzo de 2015

El discurso de Augusto Castellanos

Cuando llegó el día todos parecían esperar con ansias sus palabras. Lo que dijo no fue de ningún modo memorable, pero para él era uno de los momentos más emocionantes de su vida.


     Discurso pronunciado por Augusto Castellanos con motivo de la instauración del sindicato de trabajadores promovido por él:

“Queridos amigos; señor director José Carlos, Germán; señores representantes del estado, que todo quiere ver, todo quiere saber; distinguidos invitados:


       Fue hace dos años que ingresé a la empresa. Confieso que es el primer trabajo formal que he tenido. Me aceptaron como trabajador de medio tiempo, pues asisto gustoso a la universidad y, además, por razones de orden ideológico no trabajaría yo todo el día, casi todos los días, casi toda mi vida.

     Provengo de una familia cuya cabeza se preparó para la política y ostenta cargos públicos para el estado. Sin embargo es una historia de lucha, como es toda la historia de nuestra sociedad según un ilustre filósofo. Provengo también, sin duda, de una educación en su mayoría autodidácta; y hasta este instante en la universidad, de naturaleza revolucionaria. Es mi padre el que, como muchos otros,  suele pronunciar durante cálidos debates románticos discursos sobre la propiedad privada y el trabajo. Fue entonces muy gracioso ver el rostro de él cuando descubrió en mí no a un amigo, sino a un opositor ideológico. Pongan atención, queridos amigos: la primera lucha se da en el lenguaje, si no tenemos la capacidad para enunciar el mundo otros impondrán su realidad sobre él.

     El trabajo como lo reconocemos hoy parece haber cambiado mucho desde que apareció en las sociedades occidentales hace cuatro siglos, apenas después de la instauración de lo que luego se conocería como capitalismo. En ese entonces la diferencia entre esclavitud y trabajo no estaba muy clara. Quizá si pensamos dicha oposición ahora mismo, si somos rigurosos, la diferencia sea también complicada. Distinguidos pensadores se ocuparon del tema en su tiempo, basta revisarlos para darnos una idea de la situación. Charles Dickens escribió Tiempos Difíciles, Adam Smith La riqueza de las naciones, Max Weber Economía y sociedad, Carl Marx El manifiesto del partido comunista luego de su ardua Crítica de la economía política. Excede el propósito de mi discurso un análisis histórico de la idea de trabajo. Sin embargo puedo afirmar, valiente ante las objeciones, que el trabajo subordinado ha sido siempre una forma de esclavitud.

     En este tipo de sociedades hay dos opciones para las personas cuyas vidas fueron arrebatadas por el modo de organización y producción: trabajas o mueres. Estas personas son los obreros. Son ellos los que en ritual de sacrificio mantienen familias y hacen funcionar nuestra civilización. Pero jamás son bien recompensados. El esclavo de la antigüedad –justo como el de ahora-  hacía de la vida del amo una vida digna, de la cual pudiera él aprovechar su libertad, tomar el tiempo para la familia y amigos; mientras que al esclavo se le daba sólo algo para comer, un lugar donde dormir y un poco de descanso. Se le obliga al siguiente día comenzar de nuevo, pues la riqueza no se genera sola. La rutina está establecida. Tarda una hora en llegar al lugar de trabajo, apenas puede ver como su esposa e hijos abren sus ojos. Una vez ahí, genera riqueza bajo vigilancia y castigo. El amo, o quizá la ambición de la vida del amo, convenció a unos esclavos de supervisar la esclavitud. En suma, hay esclavos que desean ser amos, no libres. El obrero de hoy no es muy distinto. Su vida está bajo una rutina radical. De lunes a domingo sabe lo que tiene que hacer, mientras piensa e imagina lo que quiere hacer con melancolía y recelo. Cuando termina cada día lleva a casa el dinero suficiente para comer él y su familia, para disfrutar de un montón de bienes y servicios, y vivir felices un ratito. Debe ir a trabajar casi toda la vida para vivir por momentos fugaces. No hay tiempo para la familia, la amistad o la libertad, sólo hay tiempo –porque nos tienen tomados del cuello- para el trabajo. Actividad cuya riqueza no es del obrero, sino para alguien más que se jacta de ser dueño de los medios de producción. Resulta, entonces, que además de vivir por ratos sólo es utilizado para optimizar la vida de otro. El trabajo es una relación de explotación.

     Si el trabajo es una relación de explotación y una oposición a la libertad, la propiedad es un robo. No me mal entiendan, hablo de la propiedad privada de los medios de producción. ¿Cabe en un espíritu libre y solidario el deseo de explotar a una persona para hacerse él más rico? El esclavo que vivió como tal hasta que consiguió lo suficiente para fundar un negocio propio (y aun conociendo la situación) recompensa mal la subordinación, vigila, castiga, prohíbe, en suma, no actúa a favor de los obreros, no es más que un canalla.

     La organización es indispensable. Sépanlo, son todos individuos autónomos. Pero tenemos sin duda una lucha en común. Una lucha en contra del capital, en contra de la explotación y favor de nuestras vidas. Si el Estado –por cierto, organización en su mayoría burguesa- no obligara a las empresas a darnos vacaciones, seguro médico, aguinaldo, utilidades, no se molestarían; si no estuviesen obligadas a pagar horas extras y a explotar por menos de ocho horas diarias, sólo por piedad lo harían; si los obreros no se organizan para mejorar sus condiciones de vida, queridos amigos, nadie lo va a hacer. ¿Quieren ser explotados toda la vida o quieren ser libres de una vez por todas? No nos engañemos, el aumento de sueldo, las prestaciones y todo lo que hemos logrado no son más que triunfos momentáneos. Habremos triunfado el día que sea abolido el trabajo y hallamos recuperado nuestras vidas.

     A propósito, una frase de Séneca: “Lo que no prohíbe la ley, que lo prohíba la humildad”

     Muchas gracias. 

mexicorat3d@gmail.com
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