22 de marzo de 2015

Los encuentros

Alfonso encontró escrito en un cuaderno que alberga los versos de un poeta menor:

Llevaría a dos personas al lugar oculto

Una es imaginaria, la otra eres tú”.


Una lágrima resbaló por su mejilla. Las palabras hicieron temblar su memoria. Se levantó de su cómodo sillón y se miró en el espejo. Tocó su creciente barba y toda su cara. Los ojos aún estaban húmedos. Miró sus dedos y los vellos de su brazo. Se quitó la playera. Miró su abdomen y el cuello, tocó con la mano abierta su pecho. Recordó los libros fundamentales y la primera vez que vio a Abigaíl. Se echó dos pasos hacia a atrás con los ojos atentos en la imagen mental. Su garganta se tensó, una energía extraña golpeó su cuerpo. Alfonso cayó hacia su costado izquierdo. Apenas levantó la mirada pudo divisar a Abigaíl en el espejo.  Durmió.

     Cuando despertó afuera estaba lloviendo con furia y belleza. Alfonso decidió salir y subir hasta el techo de su casa. Sus lentes empapados obstruían su vista. Escuchó un ruido detrás de sí. Se quitó los lentes. Giró sobre su propio eje y se encontró de frente consigo mismo. Alfonso se colocó rápido los lentes, pero aquella persona ya no estaba ahí. Se quedó inmóvil un largo rato. Pensó en voz alta: “Tengo dos o tres amigos que no se ocupan de mí. No soy el mejor amigo de nadie. Adoro a mi familia, pero no soy del todo feliz. Mis luchas sociales, mis estudios, mis versos y cuentos, me parecen ahora insignificantes. Soy basura. No estoy feliz por mi contingencia histórica. Error fatal, me diría un pensador, pues es esa la condición de mi miseria. Abigaíl… Desearía poder verte más. Eres lo más asombroso que he visto en mi vida. ¡Un miembro de mi especie! –gritó sonriendo, luego comenzó a reír-. Fui un cobarde.  Pero ahora voy a…”. Alfonso miró a alguien que se acercaba a él. Sorprendido, notó que era Fernanda.

-Alfonso –dijo con esa peculiar forma de hablar-. Te amo.

Recordó entonces todo lo que había escrito Fernanda para él. Recordó sus palabras seductoras y la petición insistente de un beso. Recordó el triste día que la vio besándose con otro sujeto; y con ello un fugaz recuerdo de Abi caminando de la mano con un hombre que, como queriendo destrozarlo, la detuvo casi enfrente de él y le declaró amor eterno. Alfonso había pensado que debido a aquél episodio de Fernanda, lo suyo con él era deseo sexual y no amor. Pero ella afirmó tiempo después que era amor sincero.

-No he mentido, Alfonso, me gustas y te amo de verdad. Te he contado lo que he pasado por ti –reparó en decir acercándose a su boca.

-¿Qué es el amor sino deseo sexual? –espetó una voz femenina detrás de ellos.

     Alfonso giró sobre sí mismo y sus ojos se encontraron de frente con Abi. Sonreía como la primera vez que se vieron. Su cabello castaño mojado llegaba hasta sus senos.

-Lo que te atrajo de mí fue la mujer imaginaria arraigada en lo profundo de tu mente –dijo con su voz dulce, como queriendo regañarlo-. Es muy romántico. Si hubieras actuado, quizá estaría… quizá sería uno contigo.

     Cuando Alfonso intentó abrazarla ya no había nadie ahí. La lluvia cesó. Lao-Tsé, Tigrito y Protesta, sus gatos, se acercaron a él.  

-¿Dónde está tu mente? –preguntó Lao-Tsé.

-No sé –dijo Alfonso.

     De regreso en su habitación abrió un libro grande y pesado de filosofía. Clavó la mirada en sus páginas y se dispuso a leer. Tigrito pudo observar que una lagrima caía en las hojas. 

hailecontubernio@gmail.com

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