10 de diciembre de 2012

Los sueños del sueño


Dormir, según se sabe, es el más secreto de nuestros actos. 

~Borges     



                                                                                
Las personas no me notaban, pero ahí estaba yo. Era un espectador omnipresente y silencioso. Todos realizaban sus deberes; vi a una señora regañando a su hijo y a una pareja besándose; vi a un grupo de adolescentes cuyos individuos han sido cegados por los símbolos; oí discursos políticos y observé la construcción de un mueble. Entonces sentí la mirada de alguien. Desde una esquina solitaria, parada junto a cierto gato blanco, Miriam sostenía un ramo de flores. Penetré en sus ojos, pero su ser me fue negado. Y de pronto, una intensa barahúnda. Cerré mis ojos, apreté los puños y grité con todas mis fuerzas, incorporándome al caos.


     Ahora corría por calles desconocidas. La luz de las casas proyectaba desde sus ventanas una constante sombra. Eso, sin embargo, no era humano. Doble a la izquierda sin detener la marcha, luego a la derecha y seguí de frente. No tarde en darme cuenta que era inútil correr. Aquello era infinito.


     Desperté.


     Lo primero que vi fueron colores y cientos de formas geométricas. La habitación era totalmente blanca, sin techo y con una ventana. Me acerqué a ella y vi las calles infinitas. Había casas circulares, pirámides y pentágonos. Las formas y colores bailaban arriba (¿debajo?) de mí. En un instante, quizá inmortal, fui absorbido por las figuras y llevado al universo.


     Desperté.


     Descansaba sobre una hamaca atada a dos gigantescos árboles. Cerca de mí había una piscina con trampolín. Me incorporé y me senté en la orilla de la piscina para mojar mis pies. Al horizonte pude ver a una persona acercándose a gran velocidad. Yo, estupefacto, vi como saltaba del trampolín y se elevaba a tal altura que apenas lo podía divisar. Cayó en el agua de manera perfecta y casi sin salpicar, pero ya no salió más. No me lancé a buscarlo por miedo a que, una vez dentro, el agua también fuese infinita.


     Desperté.


     Una selva. Una cascada. Me despertó un chimpancé que me picaba con una vara, curioso. Cuando me levanté, noté que el destino del agua infinita que caía desde no sé dónde era la piscina. Montañas milenarias y azules eran recorridas por una intensa bruma. Y entre ella percibo a millones de humanos que parecen desear la cúspide. Luego corrí y salte, quizá por instinto, hacia un árbol y a otro y a otro…


     Desperté.


     Estaba en algún lugar del universo cuyo espacio es dominado por seres culturales no humanos. Observo que, como nosotros -pero de manera más desarrollada y consciente-, son individuos y no abstracciones simbólicas. Una sola lengua, sin gobiernos, sin naciones. Son amos del tiempo. Se expanden y no mueren. Mi mente primitiva me impidió ver más: la civilización escapaba a mi entendimiento.


     Desperté.


     Yo, debajo de mis cobijas, comprendí que sólo era un sueño, porque estaba en el universo. Y ni siquiera ahí presencié el inicio y final absolutos: la nada. Escuché el Caprice 24° que parecía estar en todas partes.


     Desperté.


     La luz cegadora de los soles, el gris de la noche, mis alas de abeja y una segura consciencia me tranquilizaron. Por fin había vuelto. Cerré los ojos deseando otra vez soñar; el temor que provoca pensar que al dormir soñaré sueños de los que despertaré infinitamente es posterior. 

mexicorat3d@gmail.com
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