8 de diciembre de 2011

Un traficante llamado Daniel


-Ese puto gringo no me verá la cara. Traidor, pedófilo, hijo de puta –dijo Daniel, y subió a su auto azotando la puerta-.


Daniel se dedica a traficar una diversidad de drogas, pero su especialidad es la cocaína. Se encarga de llevar la droga a la frontera entre México y Estados Unidos, soborna a la patrulla fronteriza y luego entrega la mercancía a bandas que la distribuyen por las calles. Así es como se ha ganado la vida desde los 14 años. Nunca tuvo la necesidad de asistir a la escuela, pues ganaba el triple que los padres de sus amigos. Al menos así era hasta que descubrió, como siempre sucede en estos negocios, a un traidor. Un gringo llamado Harry no le ha pagado desde hace ya tres meses, y eso en el narcotráfico es pena de muerte, traición. No puedes endeudarte durante tanto tiempo. Sin embargo, de lejos lo peor no es el dinero, sino el hecho de que Harry violó a su sobrina, una pequeñita de nueve años llamada Janeth, como su hermana. Ella se lo confesó a su mamá y ésta se lo confesó a Daniel: fue la gota que derramó el vaso.


Aquella tarde cuando Daniel llegó a casa escuchó unos extraños ruidos que provenían de su habitación, parecía ser el rechinar de su cama, el mismo ruido que hace cuando tiene sexo con Natalia su mujer. Se acercó sin hacer ruido y abrió despacio la puerta. Lo primero que escuchó fueron los gemidos claros de su esposa, luego más rechinidos. Finalmente pudo ver a un sujeto que estaba arriba Natalia, dándole. Daniel quedo paralizado cuando visualizo en la oscuridad bañada con una luz morada a su mejor amigo. Enrique también era un traidor. Salió de la casa, cuidadoso de no hacer ruido.


Estuvo meditando mucho tiempo dentro de un Bar, todos fumadores, apenas se podían ver unos a otros. Alguien llegó y se sentó frente a él.

-Amigo, yo puedo ayudarlo –dijo la persona. Daniel no podía verlo por el humo de cigarro-.

-¿Qué quiere?

-Yo nada. ¿Qué quiere usted?

-Váyase de aquí –contestó Daniel, indiferente-.


Entonces la persona le acerco por la mesa una pistola. Era plateada y tenía incrustados algunos diamantes. Daniel la tomó rápido, la observó admirado y luego levantó la vista. No podía verlo.

-¿Cuándo quiere por esta belleza? –preguntó pero no recibió respuesta-.

-Ah, es gratis… -le respondieron con voz baja-


Daniel despejó el humo que había frente a él, pero sus ojos no se encontraron a nadie. Todos estaban bebiendo y fumando, lo ignoraban. Sin embargo aún tenía el arma. Pensó en preguntar quién hablaba con él, pero se arrepintió. <<Es gratis…>> Pensó.


Daniel regresó a su casa y encontró a Natalia y Enrique mirando televisión. Sonrió para sí y fue a saludarlos.



-Hola, mi amor –dijo Natalia besándolo-.

-¡Daniel! Te estaba esperando, tienes que acompañarme a cobrar un poco de pasta –agregó Enrique a la bienvenida-.

-Por supuesto, hermano. Sólo iré al baño y enseguida vamos.

-Luego compren algo de cenar, he –dijo Natalia-. Muero de hambre.


En el baño Daniel inspeccionó el arma, estaba cargada pero sólo tenía tres balas. <<Suficientes>>. Daniel y Enrique subieron al auto.


-Gracias por acompañarme, Daniel.

-Por nada, pero antes de ir por el dinero quiero pasar con alguien.

-¿También cobrarás?

-Ah, vaya que voy a cobrar.


Se estacionó justó delante de la casa de Harry y bajó del carro. Se acercó hasta la puerta juntó a Enrique. La casa era bastante grande, era obvio que Harry tendría dinero para pagarle. Le ordenó a Enrique que tocara la puerta. Abrió una niña como de 10 años. Daniel pensó en secuestrarla pero deshecho inmediatamente esa idea. Él no es tan enfermo como para hacerle daño a un niño. No podía vengarse así.


-¿Está Harry, cielito? –preguntó Daniel- .

-¿De parte de quién? –contestó la niña, con un claro acento estadounidense-

-De Daniel.

-Permítame –dijo y fue a una habitación gritando: ¡Papá, papá!-

-Para ser la hija de ese pendejo está bien educada –pensó Daniel en voz alta-

-¿De qué hablas? –preguntó Enrique-

-Nada, nada…

Harry salió a los pocos segundos, fumaba un puro y estaba con un abrigo negro.

-¡Daniel, Enrique! ¡Qué gusto verlos, justo aquí tengo algo para ustedes –dijo Harry con ese puto acento gringo-

-¡Cállate, maldito cabrón! –Daniel desenfundó la pistola y disparó directo a su cara-.

Harry cayó muerto. Enrique estaba tan sorprendido que Daniel tuvo que llevarlo a empujones al auto. Cuando Daniel aceleró, Enrique por fin reaccionó:

-¡¿Estás loco?! ¡Pedazo de cabrón! ¿Qué has hecho?

-Ya está, perdón hermano. No quería meterte en esto, pero no podía hacerlo solo.

-¡No jodas! –exclamó Enrique, recargando su cabeza en el asiento-.

Cuando llegaron a casa, Daniel le pidió a Enrique que esperara en el auto.

-Iré por Natalia y todo nuestro dinero. ¡Emprenderemos una nueva vida!

-¿Qué? ¿Así nada más? ¡Carajo, ya no te conozco, Dani!

Daniel entró a la casa. Natalia lo abrazó y preguntó que a dónde irían a cenar.

-Natalia, tenemos que hablar. Siéntate, por favor–dijo Daniel seriamente-.

-Claro, pero ¿de qué? –preguntó Natalia tomando asiento-

-De nosotros –dijo Daniel, mirándola a los ojos y tocando el arma con la mano derecha- Sé que tienes un flirt con Enrique –agregó, seguro-.

-Daniel… -dijo Natalia, y agachó la cabeza-


En ese momento Daniel le metió un rodillazo en la cara. Cuando Natalia levantó el rostro por inercia, Daniel sacó la pistola, metió la misma en la boca de Natalia y jalo el gatillo.


-Natalia nos alcanzará más tarde en el aeropuerto –dijo Daniel cuando llegó con Enrique-

-¿Qué está haciendo?

-Se está encargando de sacar los papeles más necesarios, buscar nuestro dinero y organizar algunas cosas. Ya sabes. Nosotros debemos comprar los boletos de avión.

-Daniel, te has vuelto totalmente loco. –dijo Enrique-.

-Quizá.


Camino al aeropuerto Daniel se desvió hacia el bosque.  Enrique aún parecía aturdido,  tanto que no se percató que se habían perdido hasta que Daniel se detuvo a pedir ayuda.  


-¿Cómo coño puedes perderte ahora? Vales verga, cabrón, vales verga –dijo Enrique-.

-Ya, no te preocupes.


Enrique salió del auto y fue a defecar cerca de un árbol. Daniel aprovechó, entre lamentos, para dispararle la última bala de la pistola en la nuca. Finalmente Daniel subió al auto, ha arruinado su vida. La policía debe estarlo buscando, asesino a su esposa y a su mejor amigo. Todo en la misma noche.


Noche, desde que asesino a Harry ha sido de noche. Daniel condujo a ningún lugar sin poder ver nada. La luz del auto era absurda para la intensa oscuridad. En el camino, por la carretera, miro a un anciano parado pidiendo un aventón. No sé detuvo, siguió de largo y más adelante se encontró con otro anciano pidiendo un aventón. Le pareció extraño, pero no se detenía. La carretera parecía infinita, pues no terminaba a pesar de las horas que Daniel llevaba conduciendo.
Adelante, cuando la oscuridad era todavía más profunda y densa, Daniel visualizó a un anciano que pedía un aventón. Lo ignoró. Poco a poco había más ancianos, todos un poco diferentes uno del otro, pero siempre mostrando el dedo pulgar en señal de ayuda.  Antes de que Daniel se diera cuenta, la carretera se llenó de ancianos. Daniel miró directamente a los ojos a uno por última vez, éste le sonrió y una bala atravesó su cráneo. El auto de Daniel se estrelló en un módulo de vigilancia de la policía federal.


Y nadie sabe por qué. 


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