21 de diciembre de 2011

Él, ella y Alicia



El maravilloso sonido de un piano era lo único que se escuchaba en la casa. Su hija Natalia está tocando,  es compositora y escritora. Él, sin embargo, está en su cuarto solo con una densa nube de humo. Mañana cumplirá ochenta años, y cree que han sido más que suficientes. Todas aquellas cosas que en su tiempo lo hicieron feliz, ahora han perdido valor. Incluso su hija que yace en la parte baja de la mansión.


Él duerme. Sueña como lo hacia cuando tenía 17 años. Algunas cosas tienen color, pero la mayoría desaparece y todo se vuelve blanco y negro. A veces no ve nada, no obstante escucha, y entonces se da cuenta de que es ciego. Camina, en ocasiones puede ver algo, pero es borroso y negro. Un sonido extraño se acerca hacia él y lo presiente como si fuese a golpearlo. Él se despierta y cae de nuevo en la realidad. Sólo la hermosa sinfonía de su hija es lo que puede escuchar. Una lágrima escapa de sus ojos y resbala por ambas mejillas. Cierra los ojos e intenta volver a dormir, sin éxito. Se levanta y camina lento hacia su escritorio.


Un cigarrillo se consume solo, una computadora tiene escrito un texto en Word, la fotografía de una niña pequeña con un hermoso vestido azul cuelga de una pared, y otra foto más que apenas reluce entre las colillas de cigarrillos que la rodean lleva consigo a una linda mujer. Él la toma y la mira por unos minutos. Luego mira a su alrededor, despacio, tratando de recordar cómo es que eso lo hacía feliz. Las paredes de la enorme habitación están adornadas con cuadros que protegen hojas inservibles que intentan certificar a las personas como un gran escritor, diplomas que ha ganado desde los 16 años, fotografías con personalidades de la política, la cultura y las artes, trofeos y medallas que ya no recuerda por qué están ahí.


<< ¡Oh Dios! >> Exclama, y agrega con un suspiro: Ya no soy feliz.


 Vuelve la mirada hacía la fotografía. La acaricia. Qué hermosa era Alicia, esos cabellos castaños fueron lo que lo enamoraron en primer lugar, después ella y su magnífica forma de ser, de pensar, de actuar. Entonces recuerda el día que murió no sólo ella, sino todo su ser (pues desde aquel momento no pudo escribir más, vivió como pudo con las reservas económicas que tenía y apoyándose con la generosidad de su hija logró subsistir). Era un día lluvioso, como la naturaleza elige que deben ser las tragedias. Él estaba en casa terminando una novela –la misma que ahora esplende solitaria en la computadora-, cuando recibió una llamada por celular. El identificador reconocía el número de Alicia.


-Hola preciosa, ¿dónde estás?

-Estoy por llegar, sólo te hablaba para que me abrieras la puerta. Está lloviendo muy fuerte.

-Claro, bajo ahora mismo.

-Gracias. Eres un encanto.

-Por nada.

-Te amo, no sé que haría sin ti.


Y colgó antes de que él pudiera contestar. Interrumpió el final de la novela, cree que será un lindo detalle dejar que Alicia termine de hacerla. Bajó corriendo hasta la puerta principal y la abrió. Se sorprendió al ver lo fuerte que era el viento y lo rápido y silencioso que llovía. Visualizó a Alicia al otro lado de la calle cargando consigo algunas bolsas, comenzaba a cruzar la calle. Él se adelantó para ayudarle, pero Alicia ya iba a media calle. Un auto no logró frenar a tiempo, las llantas del vehículo derraparon y embistieron a Alicia. Él corrió a socorrerla pero no había nada que hacer. Su pequeña hija observo todo desde su habitación, pues esperaba con ansias a su mamá que le había prometido traerle un piano de juguete.


De eso hace ya treinta años.  La muerte de su esposa fue noticia internacional, lo cual le molesto muchísimo. Se cerró a toda la sociedad, quedando completamente aislado de todo lo que no tenía que ver con el bien suyo y de su hija. Sin embargo ahora todo es más radical. Ella no importa ya. Algo sucedió, algo anda mal en él.


Seca sus ojos y la música del piano de su hija llama su atención. Le comienza a doler mucho la cabeza, tanto que se tira al suelo y comienza a dar vueltas sobre sí. Grita pero nadie lo escucha. Entonces llora y llora. Intenta calmar su dolor, se levanta y se mira serio ante un espejo, apretando puños, dientes y trasero. Él viste de gabardina negra y apenas se da cuenta de ello. De repente el dolor invade todo su cuerpo y vuelve a caer al suelo. El dolor se relaja, pero vuelve por pequeños y dolorosos momentos.


Baja corriendo hasta donde se encuentra su hija aún tocando el piano.


-¡Papá! ¿A dónde vas? –pregunta-

-¡Quítate! –le grita apartándola del camino-

Ella insiste y detiene a su papá por detrás.

-¿Pero qué tienes? ¿Te sientes mal?


Él le soltó una bofetada que la mandó al suelo. Cuando cayó en cuenta de lo que había hecho quiso ayudarla, pero justo en ese instante el dolor regresó. Llevó ambas manos a su cabeza y salió corriendo de la casa. Es invierno y está nevando. Le cuesta un poco de trabajo correr sin botas por la nieve. Cae al suelo come gota de nieve. El dolor es insoportable. Cuando logra incorporarse ve algo. Alicia está frente a él y le estira la mano. Él abre los ojos como platos, olvida el dolor y acepta la ayuda. Se incorpora y por un instante de su vida vuelve a ser otra vez feliz. Llora al ver a Alicia sonreírle. Estira lo brazos y la braza. Cierra los ojos mientras dice entre suspiros: ¡Mi Alicia! ¡Cuánto te he extrañado! ¡Te amo!


El dolor vuelve y entonces  abre los ojos. No hay nadie frente a él. Y grito de tal forma que las aves volaron asustadas. Lo último que vieron sus ojos fue a su hija correr hacía él.


Más tarde por la noche ella recibiría la noticia: muerte cerebral. 


Contacto
Compartir en:    Facebook Twitter Google+

0 Comentarios:

Publicar un comentario