1 de septiembre de 2011

Hernando, el niño y el lago

Hernando estaba sentado tocando el banjo afuera de su casa, mirando las estrellas haciendo música, y por entre las nubes de aquella noche había un objeto brillante con forma de esfera. Hernando la miró, era espectacular desde su posición, y sudando a chorros se levantó  y se dirigió a donde la esfera, como si ésta le hubiese llamado. Sólo lleva puesto unos pantaloncillos, nadie en ese pequeño municipio puede verlo, es como si viviera solo. La esfera desapareció cayendo al bosque. Hernando al caminar por la basta flora se dio cuenta que los árboles brillaban y desprendían luces blancas, como hojas de otoño, y el pasto era de un verde hermoso. Por entre dos grandes árboles, se escuchaba el sonido magnífico de una flauta, y un lago hermoso azul metálico se alzó impactante.


Hernando sorprendido dio tres pasos hacia atrás, nunca antes había visto ese lago tan brillante en toda su vida. El centro del agua se abrió, y de ahí subieron dos seres complejos. No tenían aspecto humano, ni siquiera formado, se trataba de un extraño organismo rojo, delgado y sumamente alto que parecía desvanecerse como si fuese humo.  Hernando boquiabierto miró fijamente a las figuras, y éstas cambiaron de color. Ahora son transparentes, Hernando podía ver la continuación de bosque por entre ellos, sólo que a las figuras, en su parte medía, había un misterioso objeto azul del color del lago. El objeto comenzó a brillar, y Hernando  de primera impresión lo familiarizó con un cerebro. Se desmayó. Cuando despertó estaba acostado en su cama. Todo ha sido un sueño -pensó-.


De pronto, días después le comenzó a doler mucho la cabeza. Intento ir con un doctor, pero al salir de casa cayó al suelo inconsciente. Hernando fue encontrado poco tiempo después por un niño que juagaba con su perro. Hernando despertó y el niño sólo lo miraba curioso. Charlaron y se hicieron amigos. A menudo iba a visitar a Hernando y siempre lo encontraba afuera de su casa tocando el banjo. El niño tomó apreció por él, tanto era así que le contaba todo, Hernando por su parte hacia lo mismo, ya que siempre fue un hombre muy solo y quería saber lo que era tener un verdadero amigo. No obstante, Hernando jamás mencionaba lo que le había pasado, y cuando el niño pregunto acerca de su desmayó, Hernando decía tampoco saber.


Un día, cuando el niño fue a visitar a Hernando de noche, no encontró a nadie en la cabaña. Husmeo por los oscuros alrededores y no más nada. Se resignó un poco triste y preocupado por su amigo, hasta que un ruido llamó su atención. Un hombre se aproximaba a la casa. El niño se ocultó detrás de un árbol, y luego pudo verlo. Se trataba de Hernando. Qué estaría haciendo Hernando de noche –se preguntaba el niño- . Entonces salió a su encuentro. Hernando se asustó un poco, se recostó en el pasto y miró las estrellas, tratando de volver a encontrar la esfera brillante. El niño le preguntó por qué estaba en el bosque tan noche.


Hernando se vio obligado, más por necesidad de contarle a alguien lo que le había pasado que por presión al ser descubierto, a platicar con el niño sobre lo ocurrido aquella noche. El niño escuchaba cada palabra de Hernando con mucha atención, fascinado, los ojos le brillaban, y cuando Hernando terminó la historia, el niño lo abrazó y le dijo que fueran a buscar el famoso lago. Sin embargo, Hernando optimista le dijo que había estado yendo todas las noches sin éxito, seguía el mismo camino de esa noche y nada, ni los árboles brillantes, ni el lago azul metálico, ni los extraños seres que salieron del agua.


La siguiente noche el niño y Hernando salieron en búsqueda del lago. Siguieron exactamente el camino que Hernando dice haber recorrido, pero no llegaban a ninguna parte. Anduvieron horas caminando, tenían hambre y sed. Pararon a descansar a unos troncos que estaban por ahí, cuando el niño se dio cuenta de algo terrible. No sabía dónde estaban, Hernando también se percató de eso. Se levantaron y exploraron la zona, con la esperanza de poder salir del bosque o que por lo menos se hiciera de día, pero únicamente la luz de luna los cubría. El niño comenzó a llorar, Hernando a desesperar, y se abrazaron como los mejores amigos en un reencuentro. Entonces, cuando el niño abrió sus ojos aún cubiertos de lágrimas, éstos se encontraron de frente con un paisaje hermoso. Los árboles brillaban y desprendían como hojas de otoño pequeñas esferas luminosas, el pasto verde natural, el cielo blanco y movedizo como agua, y la maravillosa sinfonía de una flauta. Hernando también se dio cuenta al ver que el niño dejo de llorar, y que no lo abrazaba más. Lo soltó para gritar: ¡Sí, aquí estamos!


Tomados de la mano caminaron felices, tranquilos, en paz. Habían olvidado que estaban perdidos y que no existía  forma de regresar. Contemplando la belleza del bosque, llegaron a donde parecía provenir la música de la flauta. Y por entre dos árboles, un magnífico lago azul metálico se alzó impactante. Hernando se tiró al suelo a sollozar, el niño sólo miraba, pues creía soñar.


Ambos se acercaron al gran lago, un caballo blanco con una linda cola café tomaba agua, las pequeñas esferas luminosas estaban por doquier, y el sonido bello de la flauta, que parecía venir del cielo, estaba ahora poblando su piel. Se miraron mutuamente, sonrieron y luego se quitaron la ropa paran entrar al lago a jugar. Sin embargo, antes de que se quitasen sus zapatos, el centro del lago comenzó a moverse, las pequeñas luces brillantes comenzaron a correr y a agruparse.  Del centro del lago salió un organismo completamente extraño para ellos, además parecía desvanecerse como si fuese humo. Hernando reconoció de inmediato la escena, tomó de la mano al niño y lo abrazó fuerte. El extraño ser del lago cambió de color, ahora es transparente, y en su centro hay un complejo objeto. Éste parecía moverse, es de color azul metálico, y de pronto se hizo más brillante. Hernando y el niño pensaron que era un cerebro.


El organismo subió hasta el blanco cielo, de pronto al desvanecerse sólo quedo el cerebro, que brillo hasta hacer explosión. Hernando y el niño cayeron al suelo. Al despertar se encontraron de frente con una escena apocalíptica: toda la vida del bosque estaba muerta, del cielo negro caían bolas de fuego, la sinfonía de la flauta se convirtió en la del infierno, los arboles negros y un calor enfermo. El centro de un pedazo de tierra se abrió, de él salió una enorme esfera brillante que, luego de absorber a las pequeñas luces ahora negras, subió muy rápido hacia el universo.


Hernando y el niño caminaron días, hasta que cayeron en la idea de que eran los últimos. El niño murió de hambre. Hernando, luego de llorarle, se lamentó haber querido perseguir su “sueño”. Murió días después, cuando acostado a un lado del niño, el planeta se hizo diminuto, tanto que si se movía un poco caería al infinito. Cerró los ojos, entonces, para nunca jamás volver a abrirlos. 

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