Nieva, el aire es tan frio y denso que me es imposible ver, sólo me dejo llevar por la nieve que escucho pisar y el camino recto que necesito completar. Mis ropas están perdiendo esa habilidad de darme calor, mi cuerpo es cada vez más frio. Llevo cubierto cada pedazo de mi cuerpo a excepción de los ojos, con tres capas de ropa en cada lugar, y ni siquiera así puedo evitar temblar. La última gota de agua que bebí fue hace casi dos días, cuando el estúpido de Mario quiso detenerse a acampar. Ahora el pendejo está muerto. Sin embargo, algo dentro de mí me dice que falta poco para llegar y al fin podré probar que no se trata sólo de una tonta leyenda generacional.
¡Conseguiré el tesoro de Clyde! Según dicen las familias de mi vecindario, hace quinientos años un grupo de personas de la localidad fueron a explorar a la Antártida en busca del tesoro de Clyde, un antiguo Dios que era adorado por una raza de seres sumamente extraños y desconocidos que, afirman, poseían una tecnología desconocida para los habitantes de ahí, y aun de los príncipes extranjeros.
Creo que ahora estoy subiendo la legendaria montaña Clyde, lo pienso porque me cuesta trabajo avanzar, es como si la gravedad ahora estuviera dispuesta a no dejarme continuar. Pero ya no puedo más, no he comido nada en cinco días ni bebido en más de dos, no he dormido en no sé cuánto tiempo y mis pies van a explotar. No puedo dormir, si quiero comer aquí hay nieve que me servirá también como líquido vital, y eso debe bastar para el viaje que he emprendido terminar.
Creo que ahora estoy subiendo la legendaria montaña Clyde, lo pienso porque me cuesta trabajo avanzar, es como si la gravedad ahora estuviera dispuesta a no dejarme continuar. Pero ya no puedo más, no he comido nada en cinco días ni bebido en más de dos, no he dormido en no sé cuánto tiempo y mis pies van a explotar. No puedo dormir, si quiero comer aquí hay nieve que me servirá también como líquido vital, y eso debe bastar para el viaje que he emprendido terminar.
Ha pasado mucho tiempo ya, tengo mucho frio, sueño, hambre y sed. Mis pies no pueden más, pero no planeo parar. No debo…dor…mir.
El viento frio y azulado se apodero de la montaña Clyde haciendo un sonido invernal. Cuando Mike despertó se encontró con el viento frio azulado y gotas de nieve cayendo por doquier. Se incorporó como pudo y con sus últimas fuerzas vitales pegó un grito al cielo. Delante de él el viento azulado corría en rápidas ráfagas fugases, como si tuvieran vida propia y estuvieran a su acecho. Mike camino aún por el camino que, fuese una ilusión o no, ahora sólo es recto, guiándose con su fuerza de voluntad para llegar hasta el castillo de Clyde. Anduvo así un tiempo, sintiéndose acosado por el viento, hasta que la montaña describió misteriosamente una curva en el camino. Al girar en ella, sus ojos se encontraron con la entrada principal del castillo de Clyde, que se alzaba imponente a los cielos. Color gris en su totalidad, con un hermoso cubierto dorado en cada esquina de el magnánimo castillo y una enorme estatua de un figura compleja adornaban el lugar. Únicamente tiene que subir una pequeña elevación de tierra. Mike apretó sus puños, se quitó la primera capa de prendas y subió sin dudar, sin embargo, justo antes de llegar a la entrada principal del castillo de Clyde, el viento que parecía venir acechándolo se juntó ante él formando una barrera casi imposible de penetrar.
En unos cuantos segundos todo el viento se dispersó como si hubiese sido soplado por alguna deidad, se alboroto y se comenzaron a formar pequeños grupos de viento azulado. Mike miró tratando de no ceder ante el cansancio, el sueño y el asombro. Dio un paso al frente y esos pequeños grupos de viento azulado se comenzaban a materializar, formaban aquellas extrañas figuras de lobo azul que se comieron a los amigos de Mike, y que acabaron además con todo su equipo de exploración a excepción de él.
Cuando los lobos azules se hicieron completamente reales, después de gruñir y acechar alrededor de Mike, se empeñaron a atacar. En el cielo, aquel mundo dominado por nadie, las estrellas organizaron la figura del lobo azul. Los cien lobos formados por las ráfagas de viento azulado atacaron a la vez a Mike, éste cerró los ojos y luego de tres segundos, al no sentir nada en realidad, los abrió para encontrarse con la nieve absoluta.
El castillo desapareció, los lobos se han esfumado.
Mike murió sin saber que había pasado. Me he vuelto loco –pensó antes de morir-.
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mexicorat3d@gmail.com
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