4 de septiembre de 2011

Los sueños de Pablo

Pablo sumamente ebrio y palpando las paredes para no caer, caminaba por una calle de la ciudad tan ancha y larga como el mar. Había un viento insoportable y dentro de poco empezará a llover. Caminando por el parque lo tomó por sorpresa la lluvia, era refrescante como una bebida fría en la playa, y ahora una extraña niebla no le dejaba ver. Pablo cayó al suelo.


Ahora camina por un bosque. Los árboles brillaban y luces blancas circulares caían como hojas de otoño sobre la basta flora. Un lago hermoso y cristalino apareció de entre dos árboles alzando vuelo.  Una de las luces brillantes se posó delante de Pablo, jugueteando, quizá bailando. Él quería alcanzarla, pero al estirar la mano la esfera de luz cayó al pasto. Entonces se materializó en la chica más hermosa que Pablo había visto en su vida; cabello castaño, ojos azules, un rostro hermoso y tierno, un cuerpo perfecto y desnudo que lo hacía flotar.


-Hola –dijo la chica, mirando con admiración y arreglando su cabello. 

Se acercó a besarlo, pero Pablo abrió los ojos y lo único que encontraron fue la luz de la máxima esfera brillante.


Continuó caminando, la lluvia seguía con intensidad. De sus bolsillos sacó tres pesos que uso para un viaje en metro, su deseo es ir al centro de la ciudad. Al comprar los boletos la gente lo miraba feo, y con justa razón, porque llama mucho la atención: una gabardina negra, una barba blanca y vasta como de Santa, cabello blanco y con un mal olor. Introdujo su boleto en la máquina y se dirigió, con decenas de miradas sobre él, hacia el vagón del metro. En el trayecto se quedó dormido recargado sobre un anuncio del gobierno, todos los que se suben a lo largo de las estaciones evitan acercarse a él y buscan los asientos más alejados para no percibir su olor.


Pablo entre alcohólicos sueños recordó:


Regraba a casa luego de un pesado día de trabajo, lo único que quiere es llegar y abrazar a su hija de diecisiete años así como besar a su mujer, cenar con ellas, y después ir a la cama para el acto sexual. Pero en lugar de eso se encontró con una escena de muerte. Cuando Pablo abrió la casa y giró en la segunda puerta rumbo a la cocina, encontró a su esposa colgada y desnuda del cuello. En su estómago había un mensaje escrito con sangre que era imposible distinguir. Pablo asustado corrió a la habitación de su hija. ¡Natalia! ¡Natalia! –gritaba subiendo las escaleras- Y al entrar en el cuarto encontró a su hija desnuda sobre la cama, parecía dormida, pero estaba muy golpeada. Tenía moretones por todo el cuerpo y en el estómago escurría aún mucha sangre. Natalia no respiraba más. Pablo soltó a llorar inconsolable, y comenzó a arrojar todo lo que había en su camino. Se dirigió a llamar a la policía, no obstante, cuando llegó a su habitación había una hoja de papel en su cama con algo escrito.


La carta decía lo siguiente:


Querido Pablo, lamento profundamente lo que has encontrado en la casa, y te informo que todo ha sido culpa mía, si a alguien has de tener rencor es a mí. Hoy en la mañana cuando te marchaste al trabajo, después de desayunar Natalia me dijo con ojos cristalinos y una voz quebrosa que estaba embarazada. Mi incompetente primera reacción fue darle una bofetada, sin embargo, mi impresión fue mayor al enterarme quién era el padre. Y es que resulta que nuestra hija se metió con el tío Irvine, mismo que acababa de llamarme para decir que se iría del país por supuestos problemas en el trabajo, y que me colgó sin decir adiós. Natalia dijo, además, que pronto se iría también a alcanzarlo, porque lo amaba y no podía estar sin él, que llevaban años juntos ocultándonos su amor. Entonces se quitó el suéter y acarició su estómago, invitándome a tocarlo. En ese momento tomé el cuchillo que estaba junto a mí y se lo clave a tu hija. Inmediatamente después se lo quité de encima, me di cuenta de lo que había hecho demasiado tarde. Natalia cayó al suelo. Pero aún tenía un secreto y sentimiento que nunca me atrevería a decirte de frente, y fue por esa razón que se lo volví a clavar, no sin antes propinarle una golpiza causante de mi estupidez. La despojé de sus prendes y lleve a su habitación. Ahora mientras escribo esta carta he de confesarte algo, amado Pablo. Me siento sucia y por eso yo también me he despojado de mis ropas, no te mereces a alguien como yo, Pablito. Desde el día que nos casamos y me presentaste a tu hermano Irvine siempre fue bueno conmigo. Un día, cuando te fuiste a trabajar fuera de la ciudad, Irvine llego de sorpresa a la casa, me acompaño al mercado, me ayudo hacer de comer y luego me invito al cine. La pasé tan maravilloso ese día que lo hicimos varias veces, nunca te lo mencioné porque no lo consideraba de importancia, hasta que se me salió de control. Un día mirando la televisión, no me importo en lo absoluto que me abrazara, yo me recargué sobre él y eso causo que su mano tocara uno de mis senos, mismo que no se movió y esperó ahí. Yo sentía muy rico, Pablo, creo que me había enamorado de él. Lo miré y le pregunte, aún con su mano sobre mi seno, qué estaba haciendo, él, sin embargo, respondió con un beso. Aquel día hicimos el amor, y lo volvimos a repetir varias veces. Fue entonces que una noche me di cuenta que estaba embarazada, y como por esa época estabas fuera de la ciudad, entonces obviamente debía ser de Irvine. Le dije que estaba embarazada, pero no me ayudo y, como ahora, decidió marcharse del país para volver once años después y enamorar a Natalia, su propia hija.


Pablo, amor, ojalá algún día puedas perdonarme.
Te ama, Laura.


Pablo despertó de repente, esperando que el sueño no sea más que eso, pero al sentir el Champagne que aún disfrutaba su paladar, lo mojado, lo sucio y lo borracho que aún está, se vio obligado a asumir de nuevo la realidad. Está a casi una estación del centro. Caminó por entre las calles de la mítica ciudad de México, observando sus magníficos edificios y disfrutando la belleza de sus calles. Llegó al monumento a la Revolución, donde se refugió debajo de un árbol y aprovechando que hay partes de la ciudad que nunca duermen, para soñar todavía más y esperando que nunca se le baje lo borracho. La lluvia ha terminado de caer.


Ahora se encuentra parado en medio de una calle oscura, lo único que puede ver es una tienda con un lindo reloj colgando del techo cuya hora marca las 12 horas exactas. De pronto dos luces se posaron de frente a él, y un camión pasó arrollándolo. Pablo se cubrió con las dos manos, sin embargo, el camión lo atravesó sin hacerle ningún daño. Pablo incrédulo miró la tienda, de ella salió un niño y un anciano arrugado, chaparro y encorvado que a Pablo le saco una sonrisa inmediata. Ambos sujetos desaparecieron en las sombras. Luego por la misma tienda salió una chica, iba comiendo algo, parecía un chocolate, y mientras avanzaba la oscuridad se iba disipando, el fondo de su camino era azul metálico. Pablo seguía a la chica impresionado, y ésta a su vez parecía ir más rápido. De pronto comenzó a correr, Pablo tuvo que apretar el paso, cuando la chica cayó de pronto al suelo. Una figura estaba golpeándola, Pablo quiso ayudarla, pero no podía hacer absolutamente nada, estaba completamente paralizado. Una luz muy intensa salió del cielo negro, Pablo tuvo que cubrir sus ojos, y al abrirlos de nuevo todo estaba claro. Se encontraba en un extraño pueblo de noche, ahora podía ver quien atacaba a la chica, se trababa de un sujeto con sudadera gris, gorra roja y pantalones holgados. Una luz intensa volvió a aparecer en el cielo, Pablo cubrió sus ojos, y al abrirlos era de día. La chica yacía en el suelo sumamente golpeada, ahora el pueblo era un lugar con muchas personas y tenían una sólo cosa en común: son hombres. Entonces todos al unísono se quitaron los pantalones y comenzaron a masturbarse. Del cielo caían paracaidistas masturbándose, Pablo giró la cabeza y atrás de él había un gran letrero que decía: ¡Bienvenidos al Vigésimo Aniversario del Festival de Pijas!


Pablo despertó, el monumento aún estaba ahí con su imponente estructura dándole refugio, sin embargo, Pablo comenzó a vomitar. Faltaba poco para la salida del sol. Se levantó y fue a buscar alimento. Llegó a la parte trasera de un StarBucks, ahí había una manguera abierta que desperdiciaba litros de agua. Pablo se acercó y sin dudarlo comenzó a ducharse. Una persona que caminaba por ahí lo vio:


-Señor ¿qué diablos hace?

-Me baño ¿qué no está viendo? –respondió Pablo-

-Señor, soy miembro de una organización que le brinda ayuda a la gente sin hogar –dijo, y le mostro una identificación- Si quiere puedo llevarlo al albergue y ahí podrá comer y ducharse bien.


Pablo acepto de inmediato. Al llegar lo trataron de buena forma. Pablo contó su historia, era como un requisito, y decidieron ayudarlo mientras se reponía y volvía a su trabajo. Pablo pasó varios días ahí, y en el trascurso de ese tiempo conoció a una chica en el albergue. Es la cocinera, pero no es una cocinera “común”, ella es una cocinera sexy. Pablo y ella se hicieron muy buenos amigos, tanto así que charlaban juntos mientras veían televisión, leían revistas juntos, e incluso cocinaban juntos. Una noche, cuando ya todos estaban dormidos Pablo y la chica se vieron en la cocina para platicar, ambos estaban enamorados el uno del otro, y de pronto se comenzaron a besar. Esa noche hicieron el amor, y Pablo recordó a su esposa con una desagradable imagen cruzada de ella acostada con el tío Irvine. La gerente, que era una señora insoportable y con mal humor, los descubrió por la mañana al entrar a la cocina, pegó de gritos y regaños, la chica asustada mantenía la cabeza abajo, y Pablo se vio obligado a actuar rápido. Así que empujo a la gerente y salió corriendo del lugar. Ahora ya tiene ropa nueva, pero no un lugar donde quedarse a dormir. Pasó la siguiente noche en la calle, donde curiosamente nacen los sueños. Luego de caer rendido de tanto caminar sin saber siquiera su posición en el mapa, durmió como no lo hacía desde el primer día que estuvo en el albergue.


De espaldas a un local de libros estaba una chica con una linda falda blanca, una blusa furia perfecta y zapatos azules. Pablo se acercó hasta quedar a un lado de ella, mirando los libros volteo discreto hacía ella. Era Osis, la chica que el escritor Haile Espino había plasmado en una de sus más grandes obras. Pablo la recordó de inmediato porque era el libro que estaba leyendo hasta el día de la tragedia familiar. Sabía que no debía mirarla a los ojos  porque despertaría el apetito sexual incontrolable de Osis. Tomó un libro con pasta blanca, lo hojeo y las páginas estaban vacías, pero de una de ellas salió la foto de Osis, con la mirada eterna y bien puesta en los ojos de Pablo. Él sabía que de verla era imposible contenerse. Cerró los ojos, y al abrirlos estaba de frente a Dios. Era bastante fea la zorra esa, así que mejor los volvió a cerrar esperando aparecer en otro lugar, pero no lo logró, ahí estaba Dios todavía.


Pablo despertó de su sueño, respiraba agitado y sudaba a chorros. Es aún de noche y Pablo ya no quiere vivir más. Caminó buscando un poco de alcohol, pero no lo encontró. Así anduvo horas por la noche y parte de la mañana, hasta que ingresó al metro de la ciudad. Ahí golpeó al policía y corrió hacía el vagón. Logró entrar al metro. Pablo quiere ir a su casa, sacar todo el dinero que pueda e irse lejos de ahí. Sin embargo, al llegar a su casa la policía estaba afuera, todos los vecinos también se encontraban ahí y Pablo miró como sacaban en una camilla a su esposa e hija. Era imposible acercarse.


Llegó otra vez hasta el metro de la ciudad. Volvió a golpear al policía y se metió en el metro. Se bajó en la estación Chabacano, y luego de mirar profundamente el reloj de la estación. Al dar las 3:45pm exactos y con una tormenta bañando a la ciudad. Pablo se arrojó a las vías al tiempo que el metro pasaba a gran velocidad.

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