FIN.
-Al fin terminé –dijo Nicolás-.
-¿Ya? –preguntó Alicia emocionada- ¿Puedo verla?
-No, hasta que sea publicado.
-Nunca publican algo tuyo. Yo soy tu única lectora.
-Pronto, Alicia, pronto… Mañana mandaré la novela a la
editorial, está es la buena, estoy seguro.
-Ah, ¿cómo todas las demás, no?
-No me hagas enojar, por favor –y fumó un cigarrillo-
Alicia se acercó a Nicolás, que tenía un buen número de hojas en la mano. Se sentó en sus piernas y acarició su espalda. Se besaron.
-Todo saldrá bien, Nicolás.
-Lo sé, pero no puedo evitar sentirme decepcionado.
Nicolás cerró sus ojos, intentando contener el llanto,
fundido en un abrazo mágico con Alicia que hacía olvidar a Nicolás de todos sus
fracasos.
-Espero que así sea, Alicia –dijo, aún con vista nula-
Y cuando abrió sus ojos se dio cuenta de que hablaba solo.
Alicia es una de las magníficas y perfectas chicas de sus novelas. Las únicas
que se interesarían por alguien como él.
Nicolás colocó una hoja en la máquina de escribir, y
escribió:
Cuando lean esto debió haber pasado mucho tiempo desde mi
muerte, pues la pestilencia de mi cuerpo debe incomodar a los vecinos y por eso
me han encontrado. Han pasado ya tres años exactos desde que mi novia se fugó
con el músico. Desde entonces el único ser humano con el que he hablado es con
el señor que cobra la renta, pues en mi trabajo me toman como un loco por
siempre estar solo escribiendo (¿acaso tiene algo de malo?) y se niegan
hablarme. Total, personas como esas que sólo arruinan la belleza de la
naturaleza con su horrible presencia y costumbres anacrónicas no merecen –pensé
yo- hablar conmigo. Pero las necesito. Soy un bueno para nada, creí que
escribir era mi único talento, pero siempre en todas partes me han rechazado.
Entonces sólo escribo para mí, para recrear lo que desde hace tres años me ha
faltado. Cuando mi familia se enteró que me había hecho periodista en lugar de abogado se molestaron muchísimo, pero no fue hasta que me hice novio de Ariadna que me
expulsaron de la casa, ya que ellos la consideraban una vaga estúpida que no me
merecía, según ellos, intelectualmente. Y
a pesar de que a mí me encantaba y estaba perdidamente enamorado de ella, no fue
suficiente para convencerlos. Ahora no quieren verme, dicen que soy un
fracasado y un estorbo, pues no trabajo como periodista, percibo un salario mínimo
y sí, soy un bueno para nada en todo lo que hago.
Típico, no encuentro la más mínima razón para vivir. Ahora no sé
cómo me siento, es una extraña felicidad
con un poco de melancolía, ¿estaré enamorado? Aunque ahora que lo pienso, escribir
siempre me hace sentir así, y aún es insuficiente, un solo placer es
insuficiente para toda la vida.
Nicolás tomó una botella de whisky y se sirvió en una copa.
La bebió y gozó como nunca antes con una bebida. Apagó todas las luces y
encendió dos velas, que ahora son las únicas que iluminan y le dan el último a
respiro a su vida. Dejó la carta en el escritorio, fue a la cocina a oscuras y
tomó el primer cuchillo que encontró, sin embargo, después de mirarlo unos
segundos se arrepintió. Cerró una vez más los ojos, pensando. Entonces corrió
hasta su habitación de nuevo, y del
cajón donde están guardadas sus novelas
sacó un arma de fuego. Se sentó en su escritorio, se sirvió más whisky, bebió
un poco de él y se puso el arma en la boca. Disparo.
Nicolás cayó a su escritorio derramando Whisky sobre la carta
que escribió, arruinando las letras.
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